Tal vez la palabra imperialismo te suena lejana, a libros de historia o a discusiones que no tienen mucho que ver con la vida diaria. Pero ¿y si te decimos que está detrás del precio del pollo, de las deudas que se acumulan, de la precariedad laboral y de muchas de las violencias que vemos —y vivimos— todos los días?

En La Cadera de Eva quisimos volver a esta palabra para entender por qué sigue siendo clave para el feminismo hoy. Para hacerlo, entrevistamos a la historiadora transfeminista Tatiana Romero, quien nos ayudó a ponerle nombre a eso que sentimos en el cuerpo: un sistema que organiza la economía global, controla territorios y convierte los cuerpos —especialmente los de mujeres y personas racializadas— en recursos explotables.

¿Qué es el imperialismo?

El término "imperialismo" nació en la Francia del siglo XIX, inicialmente para referirse a las políticas de Napoleón I y, más tarde, a las de Napoleón III en la década de 1860. Sin embargo, el periodo entre 1870 y 1914 es conocido formalmente como la "Era del Imperialismo", cuando las potencias europeas se lanzaron a controlar territorios en todo el mundo para alimentar sus industrias, de acuerdo con el artículo Imperialismo: breve historia de una teoría”.

Tatiana Romero explica que el imperialismo actual es una fase del capitalismo que necesita salir de sus fronteras nacionales para seguir acumulando riqueza. No se trata únicamente de ejércitos o invasiones formales: es un entramado económico, político y cultural que mantiene relaciones de dominación entre países.

Pero —y esto es clave para el feminismo— el imperialismo no funciona solo. Está profundamente entrelazado con el colonialismo y el patriarcado. No son sistemas separados: se sostienen entre sí.

Patriarcado, capital y control de los cuerpos

Aquí el tema deja de ser abstracto. El artículo Imperialismo y patriarcado  señala que el patriarcado funciona como un sistema útil al imperialismo. En contextos colonizados o dependientes, se promueve que las mujeres sean madres desde edades tempranas para asegurar una renovación constante de mano de obra barata que alimente fábricas, minas y maquilas.

La investigadora italiana Emanuela Borzacchiellolo señala en su obra con claridad: en territorios donde hay mayor concentración de capital industrial, también hay más violencia contra las mujeres. Las maquilas de Ciudad Juárez son un ejemplo contundente. Los cuerpos femeninos se vuelven desechables en lo que ella llama “zonas de sacrificio”.

El imperialismo no solo extrae recursos naturales. Extrae tiempo, trabajo y vidas.

¿Cómo se siente en la vida cotidiana?

No hace falta vivir en un país en guerra para experimentar el imperialismo. Se manifiesta de formas muy concretas:

1. La deuda.

Investigadoras como la filósofa argentina Verónica Gago y Lucy Caballero han trabajado la deuda como una forma contemporánea de imperialismo. No es neutra: son las mujeres quienes están más endeudadas, sosteniendo cuidados, hogares y supervivencia en un sistema que nos empuja a pedir prestado para vivir.

2. El trabajo y el salario.

En los países centrales, los roles patriarcales permiten a las empresas “ahorrar” costos: despidos por embarazo, salarios más bajos, trabajos feminizados y precarios. El cuerpo de las mujeres vuelve a ser una variable económica, de acuerdo con Tatiana Romero.

3. La acumulación por desposesión.

El geógrafo británico David Harvey habla de un “nuevo imperialismo” basado en privatizar bienes públicos y recursos naturales para resolver las crisis del capital. Para nosotras, esto significa menos derechos, más precariedad y más carga de cuidados.

¿Existe un feminismo imperialista?

Sí, y es un riesgo real. Tatiana Romero advierte que ciertos feminismos hegemónicos o blancos han utilizado las luchas de las mujeres del Sur Global para legitimarse a sí mismos o incluso para justificar invasiones y políticas de control. A esto se le llama femisecuritismo: usar el discurso de “liberar a las mujeres” como coartada moral para la expansión militar y económica.

La especialista en mundo árabe por la Universidad de Aix-Marseille, Nofret Hernández Vilchis coincide en que los medios occidentales suelen construir narrativas de “rescatar” a las mujeres de otros países, ignorando las resistencias locales y la dimensión económica de esas violencias. El resultado: se simplifican las luchas y se legitiman intervenciones que no transforman las causas de fondo.

¿Por qué el feminismo tiene que ser antiimperialista?

Porque si no lo es, termina reproduciendo lógicas coloniales y racistas. Un feminismo que solo piensa la libertad desde el centro, pero se sostiene sobre la explotación de mujeres en maquilas, minas o economías precarizadas del Sur Global, no es emancipador, explica Tatiana Romero.

Ser antiimperialistas implica entender que nuestros cuerpos no son territorios de conquista y que la liberación de unas no puede construirse sobre la violencia de otras

El imperialismo sigue organizando el mundo. El feminismo, cuando es crítico y situado, nos da herramientas para desmontarlo desde el cuerpo, la economía y la vida cotidiana.