Esta es la crónica de una ARMY que llegó por la música y terminó entendiendo cómo se organiza una comunidad de mujeres frente al abuso capital. A partir de mi experiencia, de conversaciones con amigas ARMY y del diálogo con una antropóloga especializada en fandoms de k-pop, este texto intenta dimensionar lo que ocurrió durante la preventa de BTS en México y por qué no fue solo un problema de boletos, sino de poder.

Después de años de espera, BTS anunció que regresaba a México para ofrecer tres conciertos en el Estadio GNP de la CDMX. Me enteré de la noticia apenas  un par de minutos después de las nueve de la mañana. Acababa de llegar a la oficina del trabajo. Como era de esperarse, grité. Dejé mis cosas caer al suelo; mi cuerpo solo pudo retorcerse en figuras que no sabía que mi cuerpo era capaz, y mi boca dejó salir esos balbuceos agudos que se asoman cuando estoy  feliz. 

Por fin, tras  nueve años siendo ARMY, surgió la posibilidad real de ver a mi grupo favorito de K-pop. Aunque sabía que conseguir un boleto sería difícil, no pude anticipar que el 23 de enero, fecha en la que se llevó a cabo la preventa para fans, marcaría el inició de un movimiento digital masivo que evidenció un esquema de corrupción entre Ticketmaster y la reventa de boletos.

Recuerdo la sensación de incertidumbre al formarme 30 minutos antes de la preventa; la confusión cuando el sitio de compra de Ticketmaster arrojó una leyenda en la que me comunicaba que no estaba registrada, por lo que no podía acceder a los boletos, y mi conmoción al leerlo, sabiendo que hace un par de días había hecho mi aplicación en Weverse, el sitio oficial para fans de BTS. Recuerdo el acompañamiento colectivo que surgió en redes sociales y la euforia en mi grupo de amigas ARMYs en WhatsApp, que se enfrentaban al mismo “error técnico”.

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ARMY y la revolución que explotó las redes sociales 

El anuncio de la llegada de BTS al país hizo que más de 2.1 millones de personas intentaran conseguir entradas durante las dos fechas de venta, de acuerdo con Ticketmaster. En México la oferta fue de únicamente 136 mil asistentes. Para cubrir la demanda, la banda tendría que realizar al menos 14 shows en la CDMX. Una locura.

Pero lo que preocupó al fandom no fue la cantidad de conciertos, sino las múltiples irregularidades que surgieron antes y durante la venta de los boletos: falta de transparencia en la información, fallas técnicas en la sala virtual de espera, opacidad en los precios y tarifas diferenciadas, cargos excesivos y, sobre todo, irregularidades durante la preventa que supuestamente beneficiaron a personas revendedoras de boletos.

BTS regresa a México, y ARMY inició una revolución”. La campaña de  hashtags #ArmyNoCompraReventa y #NoALosRevendedores fue el comienzo de un movimiento digital en contra de la compra de boletos a revendedores, que llevan años cooptando el comercio de conciertos. 

Los noticieros comenzaron a cubrir la organización digital del fandom que identificó que sitios como Viagogo, una plataforma de reventa de boletos, tenía hasta 200 entradas por sección del mapa para el concierto, y que en Facebook, Instagram y X, las personas revendedoras ofrecían boletos con un costo de hasta 50 mil pesos, 33 mil pesos más que el precio de un boleto VIP. 

Estos últimos siete días, ARMY denunció las prácticas abusivas por parte de las boleteras y las violaciones a los derechos de las personas consumidoras. Asimismo, han organizado equipos para identificar a revendedores y difundir sus nombres, perfiles en redes sociales, números de teléfono y cuentas bancarias para evitar que otras personas del fandom caigan en estafas y paguen por precios excesivos

Esta es solo la punta del iceberg; para conocer qué ocurrió durante la preventa y tener registro del fenómeno, se hicieron encuestas y muestreos voluntarios, así como un llamado a la integración de un equipo legal de fans. Con la urgencia de demostrar que el problema no era el fandom, sino la industria.

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Y esta no es una medida extrema; en Estados Unidos, Live Nation, propietaria de Ticketmaster, enfrenta una demanda por permitir a intermediarios comprar boletos al por mayor para revenderlos con un margen significativo en el mercado de segunda mano. De acuerdo con la Federal Trate Commission (FTC), Ticketmaster permite intermediarios vender entradas obtenidas ilegalmente para beneficiarse de las tarifas y márgenes adicionales que genera la reventa. 

Incluso aseguran que, en una revisión interna identificaron que solo cinco intermediarios controlaban más de 6 mil cuentas de Ticketmaster y tenían aproximadamente 240 mil entradas para  2 mil quinientos conciertos pues la compañía estaría ofreciendo soporte tecnológico que permite a los corredores rastrear y agrupar los boletos comprados desde múltiples cuentas de Ticketmaster en una única interfaz para simplificar la gestión de la reventa

“¿Por qué no se preocupan por el país?”

El ruido que generó la movilización del fandom no solo llegó a múltiples noticieros y medios nacionales, también llegó a la mañanera el 26 de enero, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum señaló que “había enviado una carta al Primer Ministro de Corea del Sur” para solicitar más fechas de BTS en México, mientras que Iván Escalante, titular de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) aseguró que se tomarían acciones legales en contra de Ticketmaster.

Y,  entre la conversación mediática que cruzó la esfera ARMY, surgieron los comentarios: “Así deberían preocuparse por la corrupción del país”, “Por qué no defiende las 40 horas”, “Los jóvenes están perdidos”. 

Como ARMY, no es extraño encontrar comentarios xenófobos, racistas y homofóbicos en contra de BTS y de grupos de k-pop. Las fansgirls, como se les conoce a las seguidoras mujeres de algún artista, producto audiovisual, videojuegos y deportes, han combatido el discurso de odio occidental desde el primer momento de entrar al fandom. Y es que una cosa es clara, al menos desde nuestra posición, los artistas fuera de occidente son víctimas de discriminación y acoso digital masivo, como ha ocurrido en el caso de BTS

Mientras escribo esto es inevitable pensar en el aspecto del género: los comentarios de odio generalmente no se dirigen solo a BTS, también se producen y reproducen en contra de las fans. En un universo de comentarios que reprochan el activismo ARMY, también surgieron respuestas misóginas por parte de supuestos revendedores y usuarios en redes sociales que cuestionaron la legitimidad de un movimiento encabezado por “adolescentes enfurecidas”. 

Al ser un "producto" consumido mayoritariamente por mujeres, la masculinidad hegemónica lo rechaza y lo etiqueta como “débil” o “sumiso”, me dice Noemi Lizeth González Rivera, antropóloga social, especializada en el estudio de los fandoms de k-pop y sus dinámicas sociales, y ARMY desde los 15 años de edad. Ella, además, dedicó su tesis de licenciatura a entender los procesos identitarios de las fans de k-pop en la Ciudad de México, disponible en el repositorio de tesis UAM Iztapalapa.

¿Qué es el k-pop y la Ola Hallyu??

Después de leer los miles de comentarios que inundaron las redes sociales, me pregunté cómo es que las personas atribuían las denuncias a “caprichos de mujeres enajenadas”. Si hay algo que puedo asegurar en mis años dentro del fandom, es que las mujeres que crean comunidad, tejen redes de organización

Sin embargo, noté que los comentarios que reprochan el movimiento comparten una característica: desconocen qué es el k-pop y por qué la cultura del entretenimiento coreano es tan influyente. En este contexto, el k-pop es un fenómeno musical que nació en Corea del Sur con el surgimiento del grupo Seo Taiji and Boys, en 1992, a partir de ese momento, el pop coreano se moldeó alrededor de un esquema comercial en el que la música, influenciada por los géneros de pop, hip-hop y R&B, el baile, la estética y la producción integraron en partes equitativas el éxito de un grupo. 

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Por supuesto, sus integrantes, conocidos como idols, juegan parte importante en la “fórmula”: generalmente son jóvenes que hacen su “debut” entre los 13 y 19 años de edad. Crecen con sus fans, y generan comunidad. Y es que, en la mayoría de los casos, cada idol tiene una personalidad definida que empatiza con el público. 

Este fenómeno se inserta en la conocida “Ola Hallyu?” u Ola Coreana, el auge global de la cultura surcoreana, que incluye la importación de música cine, dramas televisivos, comida y cualquier forma de entretenimiento que, de acuerdo con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Sur, en 2024 alcanzó a más de 225 millones de la cultura coreana. 

Y sí, como ARMY puedo decir que BTS encabeza la lista de los artistas y exportaciones con más ganancias para el país, aportando 3 mil 900 millones de dólares a la economía surcoreana anualmente, de acuerdo con el Instituto de Investigación Hyundai (HRI).

Fangirls, agentes políticas y prosumidoras

México no es ajeno a esta cifra; basta con hacer una búsqueda en plataformas de música para saber que el grupo se encuentra dentro de los primeros tres países con más escuchas, solo por debajo de Indonesia e India, con más de 700 mil oyentes mensuales.  

La denuncia digital, aunque parece enorme fuera del fandom, respondió al número de fieles seguidoras y seguidoras del grupo. Aunque muchas personas siguen sin saber cuál es la razón de la insistencia de las fans para recibir precios justos y ejercer su derecho a la cultura, la respuesta es más simple de lo que aparenta. 

Para González Rivera, el fandom no es solo un grupo de personas escuchando música, sino un universo simbólico complejo con sus propios códigos, pautas, alianzas y conflictos. Cuando ella me lo explica, no puedo evitar pensar en las noches que dedicaba a votar por BTS en premiaciones de música coreana, en la coordinación de mis amigas y conocidas durante los conciertos del grupo, que corean al unísono los nombres de los integrantes para acompañar la música y hacer un evento interactivo y en las donaciones hechas por ARMY

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Particularmente recuerdo la campaña #MatchAMillion a través del colectivo One in an ARMY, que buscaba igualar la donación de 1 millón de dólares que BTS hizo al movimiento Black Lives Matter

A través de estos “rituales” se construye una identidad colectiva en la que se construyen conexiones emocionales y el uso de símbolos compartidos como nombres oficiales, colores y el lightstick. 

ARMY no son niñas locas”, me dice Noemi, “sino agentes políticos que ejercen una ciudadanía activa”. Así, ARMY transforma el activismo digital en una para generar presión social y el ejemplo más claro es la denuncia masiva contra Ticketmaster y la organización para boicotear a los revendedores.

Y es que contrario al estereotipo de la “fan histérica”, la investigación de Noemí,  Ser fan del k-pop en la ciudad de México. Dinámicas identitarias en un mundo globalizado, muestra que en el fandom predominan mujeres con niveles de estudio de licenciatura, maestría y doctorado. Mujeres como yo que dedican parte de su tiempo a formar parte de una comunidad que trasciende el amor por un cantante. Las fangirls, como Noemí, haciendo teoría desde el fandom, e incluso este escrito, también se convierten en prosumidoras

“Las fans dejan de ser consumidoras pasivas para convertirse en productoras de contenido, arte fanmade, textos e incluso archivos académicos, ya que muchas estudiantes de nivel superior están centrando sus tesis en estos temas”.

Así, Noemí compara la organización de los fandoms con estructuras antropológicas clásicas: basándose en estudios clásicos como los de Evans-Pritchard, ve a los fandoms como clanes y subclanes con líderes (los idols), alianzas con otros grupos y conflictos internos o externos. El fandom funciona como un reflejo de la sociedad donde se observan dinámicas de género, globalización y tensiones culturales.

BTS como refugio, ARMY como respuesta

El fandom va más allá, “actúa como un ancla emocional y terapéutica”, funcionando como un espacio de apoyo mutuo frente a problemas personales. Recuerdo cuando terminé la universidad y no estaba segura de lo que quería hacer; ahí en el fondo estaban canciones de BTS como Paradise, Strange y No More Dream, que hablan sobre el desgaste de las y los jóvenes al intentar correr y cumplir la norma capitalista del empleo, pero también estaban las voces de mis amigas ARMY que me sostenía y recordaban que no era necesario ir con prisa. 

Algo similar le ocurrió a Fer, Meriva, Valeria y Ana, amigas con las que conecté a través de BTS hace un par de años para ver un concierto en vivo del grupo en una transmisión de Twitch. Todas conocieron a BTS durante la pandemia, un momento que cambió sus vidas, no solo les ofreció consuelo a través de la música, sino también una comunidad sólida y una nueva forma de entender el mundo.

Valeria encontró a BTS en agosto de 2020, en un momento en el que se sentía perdida y presionada debido a que su internado médico se había retrasado por la pandemia. Descubrió al grupo a través de un video en Tik Tok que incluía un verso de Suga en la canción Paradise. La letra, como pasó conmigo, resonó profundamente con su situación personal.

“Tienen esta facilidad de nombrar lo que duele y entender, hacernos ver que no es una falla que tienes tú personalmente”. (Valeria)

El poder de sus letras también explora distintas temáticas, desde el amor propio, la presión sobre las personas jóvenes por ser exitosas, el dolor, la ansiedad y depresión  y la reflexión de un mundo aparentemente perdido. Esa fue una de las primeras cosas que capturó mi atención y, cuando platico con Ana al respecto, politóloga por formación, entiendo que no estoy tan equivocada.   “Hizo de mí una mejor científica social porque descentralizó mi mente de lo que llamamos Occidente”, me cuenta.

Entre ARMYs es común escuchar que BTS llegó a la vida de cada una en el momento que los necesitábamos. Como esa primera canción que escuchamos, y que cambió el rumbo de nuestras vidas, la movilización digital de los últimos días es un reflejo del “mikorkosmos” compartido entre fans, de la identidad y de los procesos de socialización que solo son resultado de la agencia, amor, respeto y apreciación comunitarios.