“No se nace mujer, se llega a serlo” es quizá la frase más conocida de la filósofa francesa Simone de Beauvoir. Publicada en El segundo sexo (1949), no solo cuestionó la idea de una feminidad natural, sino que colocó al cuerpo en el centro de la política: lo que hacemos con él, lo que nos permiten hacer con él y lo que se nos castiga por decidir.

A 118 años de su nacimiento, volvemos a Beauvoir para contarte por qué hablar del cuerpo como territorio político sigue siendo urgente, y cómo sus ideas nos ayudan a pensar el aborto, el deseo y la vejez en el presente.

Para Silvia Soler, directora interina del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, esta idea sigue siendo clave para entender el presente. En entrevista para La Cadera de Eva, explica que el cuerpo deja de ser una realidad meramente biológica cuando se reconoce como una situación: un lugar donde se inscriben normas sociales, relaciones de poder y expectativas históricas.

“El cuerpo no es solo un organismo —señala—, es un territorio en disputa”. Uno donde se decide qué es natural, qué es obligatorio y quién tiene derecho a decidir.

El aborto: decidir sigue siendo un acto radical

Para Simone de Beauvoir, quien nació un 9 de enero de 1908 en París, Francia, la libertad de elección era innegociable. Obligar a una mujer a parir contra su voluntad, escribió, es una forma de subordinación que limita su autonomía vital, económica y emocional.

Su postura no se quedó en el papel. En 1971, Beauvoir participó en el Manifiesto de las 343, en el que mujeres francesas declararon públicamente haber abortado, exponiéndose a sanciones penales para exigir la legalización.

Ese manifiesto fue un punto de inflexión en la lucha feminista francesa y contribuyó al proceso que culminó en la Ley Veil de 1975, que despenalizó el aborto en Francia.

Si traemos esa lucha al México actual, la brecha que ella denunció sigue abierta. Aunque en 2021 la Suprema Corte declaró inconstitucional la penalización absoluta de la interrupción del embarazo, entre 2015 y 2025 se abrieron 7 mil 511 carpetas de investigación por aborto, según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

Incluso en estados donde ya es legal, persisten barreras que Beauvoir identificaría como mecanismos de control sobre “lo Otro”: la objeción de conciencia que condiciona el acceso, el desabasto de insumos y el estigma institucional que mantiene viva la criminalización, aun cuando la ley ha cambiado.

Al respecto, Soler advierte que uno de los mecanismos más persistentes de control es la idea de que la maternidad es “natural” y, por lo tanto, obligatoria. Este argumento, explica, forma parte de una genealogía de expectativas históricas que el conservadurismo utiliza para regular la reproducción y asignar a las mujeres un rol inmanente de cuidado y sostenimiento de la vida de otros.

Desde esta mirada, la lucha por el aborto legal no es solo médica ni individual. Es un reclamo de autonomía política y estructural, atravesado por desigualdades de clase, raza y pobreza que determinan quién puede decidir realmente sobre su cuerpo y quién no.

"El derecho a decidir no puede reducirse justamente a esa elección privada o a señalar que la autonomía corporal o la autonomía reproductiva tiene que ver con esa noción... de dueñidad" (Silvia Soler, ILSB)

El deseo: dejar de ser “para otros”

En El segundo sexo, Beauvoir explica cómo el hombre se asume como el Sujeto —lo universal— mientras la mujer es relegada a “lo Otro”. En el terreno del deseo, esto ha significado una sexualidad femenina vigilada, reprimida o reducida a la reproducción, pensada siempre en función de otros.

Frente a ello, Beauvoir propuso una ética de la reciprocidad en obras como Para una moral de la ambigüedad (1947) o Pyrrhus y Cineas (1944): relaciones donde nadie sea objeto, donde el deseo no implique sumisión. Su propia vida afectiva, incluida su relación no convencional con el filósofo Jean-Paul Sartre y su apertura sobre su bisexualidad, desafió el modelo del matrimonio tradicional, aunque no estuvo exenta de contradicciones.

Hoy, esta discusión dialoga con el concepto de justicia erótica. En esta nota, la psicoterapeuta Alexa Castillo-Nájera explica que el patriarcado sigue regulando quién puede desear y bajo qué condiciones. 

La “brecha erótica” persiste: mientras la experiencia sexual masculina suele leerse como prestigio, en las mujeres continúa siendo motivo de estigmatización. Beauvoir nos invitaría a pensar el autoerotismo no solo como placer, sino como un acto político: apropiarnos del cuerpo y del deseo sin pedir permiso, como lo defendía en escritos como El segundo sexo.

Desde el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, Silvia Soler propone pensar el deseo más allá de lo sexual. Politizar el deseo, explica, es reconocerlo como un motor de agencia, capaz de producir nuevas subjetividades y no solo de responder al dolor.

“Durante mucho tiempo las luchas feministas se han organizado desde la herida. El deseo nos permite movernos hacia la construcción de vidas vivibles, dignas y felices” (Silvia Soler, ILSB)

En ese sentido, el deseo deja de ser un asunto íntimo para convertirse en un territorio de disputa, donde se cuestionan los mandatos sobre cómo amar, cómo vincularse y qué cuerpos merecen placer.

La vejez: cuando el cuerpo deja de importar

En La vejez (1970), su segunda gran obra teórica, Beauvoir denunció cómo la sociedad convierte el envejecimiento en un tabú, un “secreto vergonzoso”. Aplicó el mismo marco que al género: así como la mujer es lo Otro del hombre, la persona mayor es lo Otro del joven.

El doble estándar es brutal. Mientras los hombres envejecen y ganan autoridad simbólica, las mujeres pierden valor social al alejarse del ideal de belleza juvenil.

En sus diarios, Beauvoir fue despiadadamente honesta sobre su propio envejecimiento: habló de asco, de mutilación, de sentirse atrapada por una fatalidad. 

Soler extiende esta lectura incluso a procesos que solemos pensar como puramente biológicos. Envejecer, sostiene, es también una producción social de la exclusión. En una lógica donde el valor del cuerpo se mide por su productividad, llegar a cierta edad implica un despojo simbólico: se pierde voz, presencia y capacidad de decisión.

Así, el cuerpo envejecido se convierte en otro territorio colonizado, expulsado de lo público y relegado al silencio, especialmente cuando se trata de mujeres.

Hoy llamamos a esto edadismo, una forma de discriminación que, como nos explica en este Glosario feminista, Jennifer Cabeza Kobeh —conocida como La Chava Ruca— nos atraviesa toda la vida, desde los “microedadismos” cotidianos hasta la precarización de la vejez.

Beauvoir alertó sobre la “mala fe”: el autoengaño de creer que la vejez es algo que le ocurre a otras. Su obra no nos pide negar el paso del tiempo, sino enfrentarlo colectivamente, exigiendo condiciones materiales dignas y solidaridad intergeneracional.

Simone de Beauvoir nos enseñó que el cuerpo no es un destino, sino nuestra situación en el mundo. Decidir sobre la reproducción, reclamar el derecho al gozo o habitar una piel que suma años sigue siendo parte de ese proceso político de “llegar a ser mujer”.