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<title>La Cadera de Eva - Voces</title>
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<description>La Cadera de Eva - Voces</description>
<language>es-MX</language>
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<title>La Cadera de Eva</title>
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<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/migracion-y-tareas-de-cuidados-mujeres-que-migran/16601</guid>
<pubDate>05/02/2026 10:00:00 a. m.</pubDate>
<title>Migrar para trabajar cuidando&#58; &#191;solo por dinero&#63;</title>
<description>La migraci&#243;n de cuidados no puede entenderse solo desde la necesidad econ&#243;mica&#46; Violencias&#44; b&#250;squeda de autonom&#237;a y desigualdades estructurales tambi&#233;n empujan a miles de mujeres a migrar para cuidar en otros pa&#237;ses&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/28/neoconservadurismo-d5d84119-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Migrar para trabajar cuidando: ¿solo por dinero?" title="Migrar para trabajar cuidando: ¿solo por dinero?"></div><p>En su novela&nbsp;<em>Ceniza en la Boca, </em>la escritora mexicana Brenda Navarro retrata una historia de <strong>migración</strong>. La madre se marcha a trabajar como cuidadora a España, mientras la hija adolescente permanece en México junto a los abuelos, encargándose de un niño pequeño en una Ciudad de México que los personajes perciben como precaria, dura e incapaz de abrazarlos. El resentimiento de la hija hacia su madre crece por el abandono y porque intuye que detrás del proyecto migratorio hay motivos que van más allá de lo económico, y para ella como hija esto es inexplicable. En un momento, la hija escribe:</p>
<p>“Me odias a mí y por eso me dejas a tu hijo, y por eso te haces la mosquita muerta, pero en realidad ya estás imaginándote en el avión, ya estás en el avión, desgraciadita, ya lo estás”.</font></p>
<p>La historia de esta familia y de esta madre es conmovedora y reveladora sobre la <strong>migración</strong> de cuidados, las afectaciones emocionales que dejan las fugas de <strong>cuidado</strong>&nbsp; y&nbsp; las múltiples razones que llevan a una mujer a convertirse en una migrante cuidadora remunerada.</p>


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<p>El relato exclusivamente económico que subyace al concepto de&nbsp;Cadenas Globales de <strong>Cuidado</strong>, definido por Hochschild como “una serie de vínculos personales entre personas de todo el mundo, basadas en una labor remunerada o no de asistencia” (2000), y sus desarrollos posteriores, potenciaron el relato único de una mujer migrante proveniente de un país pobre que decide insertarse en el mercado global de cuidados, vendiendo lo que puede ofrecer: su cuerpo, su tiempo y sus afectos.</p>
<p>En la visión tradicional de estas cadenas, hay un hogar de un país pobre (primer eslabón) que expulsa a una mujer&nbsp; (segundo eslabón), quien atenderá las demandas de un hogar en un país rico (tercer eslabón). En la mayoría de los casos, estas migrantes —más del 80% son mujeres, según la OIT (2023)— se insertan en el mercado laboral, con salarios precarios. Al trabajar en condiciones injustas, no solo solucionan la crisis de cuidados del hogar receptor, sino que contribuyen a la generación de riqueza del país. Se estima que hay 75,6 millones de empleadas domésticas en todo el mundo, de las cuales al menos el 30% son personas migrantes (OIT, 2023).</p>
<p>Sin embargo, y a pesar de la relevancia del concepto para ofrecer una perspectiva geopolítica sobre los afectos y su mercantilización —dice Hochschild: “El principal recurso extraído del tercer mundo ya no es el oro o la plata, sino el amor” (2000)—, este enfoque es insuficiente para abordar la multiplicidad de factores estructurales e individuales detrás de la decisión de migrar para trabajar cuidando.</p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>Los múltiples factores detrás de la <strong>migración</strong> de cuidados</font></strong></p>
<p>Las razones que llevan a las <strong>mujeres migrantes</strong> a insertarse en estas cadenas globales trascienden lo económico. Factores como los conflictos armados y políticos, las violencias de género, el desplazamiento climático, la LGBTIfobia, entre otros, también explican la configuración de estos circuitos transfronterizos. La profesora colombiana Camila Esguerra introduce el concepto de&nbsp;tramas transnacionales del <strong>cuidado</strong>&nbsp;para complejizar la propuesta original de las cadenas globales de <strong>cuidado</strong>. La autora rompe con la narrativa tradicional de la "migrante económica", al considerarla unidimensional e insuficiente para comprender la dinámica global. Según Esguerra, las&nbsp;tramas transnacionales del <strong>cuidado</strong>&nbsp;son una urdimbre densa y compleja que incluye aspectos sociales, económicos, políticos, narrativas sociales sobre <strong>migración</strong> y <strong>cuidado</strong> y proyectos neo(coloniales) que sostienen el régimen transnacionalizado de cuidados&nbsp; (2021).</p>
<p>Ir más allá del relato economicista no significa negar las condiciones estructurales que generan las expulsiones (Sassen, 2015), sino reconocer la diversidad de factores estructurales e individuales que llevan a una mujer a migrar para dedicarse al <strong>cuidado</strong>.</p>


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<p>Ahora bien, hay también una diversidad de factores individuales que pesan en esta decisión, uno de estos es la búsqueda de autonomía. Muchas <strong>mujeres migrantes</strong> deciden insertarse en el mercado de cuidados para sostener un proyecto migratorio que les permita construir autonomía frente a instituciones como la familia, donde se reproducen diversas desigualdades, incluidas las de género. Como señala la profesora Alethia Fernández: “La <strong>migración</strong> suele ser un quiebre del espacio social y una oportunidad para controlar el entorno social a favor de las mujeres (a través de un empleo remunerado y reconocido, una nueva división sexual del trabajo, nuevas redes sociales y conocimientos adquiridos)” (2014)</p>
<p>Las <strong>mujeres migrantes</strong> que cuidan no son solo mano de obra barata, sino agentes sociales, afectivos y políticos con capacidad de acción individual y colectiva. Recordar esto nos permite romper con el mito de las <strong>mujeres migrantes</strong> como víctimas indefensas y pasivas. Los ejemplos de la capacidad de agencia de las <strong>mujeres migrantes</strong> cuidadoras son incontables. En España, la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar calculaba en 2021 que el promedio de participación migrante en las 32 asociaciones de trabajadoras del hogar recopiladas era del 84,20%. Más de 10 de estas organizaciones están conformadas exclusivamente por <strong>mujeres migrantes</strong>, como el Sindicato de Cuidadoras Sin Papeles, Mujeres Unidas entre Tierras y Libélulas, entre otros colectivos (EFFAT, 2021).</p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>La migrante cuidadora que no regresa</font></strong></p>
<p>En&nbsp;<em>Ceniza en la Boca,</em> los hijos adolescentes de la madre migrante se trasladan años después a España. La hija descubre la difícil situación económica de su madre, lo que define su propia experiencia migratoria. Entonces, surge la pregunta de por qué su madre sigue prefiriendo cuidar ancianos en España. Dice la hija: “Si en México nos podían decir que éramos pobres (…) pero en Madrid nos miraban como pobres y además como apestados”.</p>
<p>Los motivos de la madre no son del todo claros en la novela, pero lo que se observa es una mujer refugiada en su proyecto migratorio que, a pesar del tiempo y el dolor insiste en quedarse en España, cuidando. Entenderlo requiere explicaciones que van más allá del dinero.<strong></strong></p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/bullying-escolar-educar-para-la-paz-es-la-unica-salida-real/16624</guid>
<pubDate>05/01/2026 07:00:00 p. m.</pubDate>
<title>Educar para la paz&#58; la &#250;nica respuesta real frente al bullying escolar</title>
<description>Normalizar el acoso escolar perpet&#250;a una violencia que deja huellas profundas en ni&#241;as&#44; ni&#241;os y adolescentes&#46; Frente al bullying&#44; es necesario construir entornos educativos basados en la empat&#237;a&#44; la escucha y la educaci&#243;n para la paz&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/05/01/frida-2a1d874a-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Educar para la paz: la única respuesta real frente al bullying escolar" title="Educar para la paz: la única respuesta real frente al bullying escolar"></div><p>Durante muchos años hemos escuchado frases como “son cosas de <strong>niños</strong>”, “así se llevan” o “a todos nos pasó”. Expresiones que, lejos de ser inofensivas, han contribuido a minimizar una de las problemáticas más persistentes y dolorosas dentro de nuestras escuelas: el <strong>bullying</strong>.</p>
<p>Hablar de <strong>acoso escolar</strong> no es hablar de un juego, ni de una etapa pasajera. Es hablar de <strong>una forma de violencia que deja huellas profundas en la identidad</strong>, la autoestima y el desarrollo emocional de quienes la viven. Y lo más preocupante no es solo su existencia, sino la manera en que, como sociedad, la hemos normalizado.</p>
<p>Desde mi experiencia como psicóloga y directora de <strong>Fundación en Movimiento</strong>, he tenido la oportunidad de escuchar cientos de historias que coinciden en algo: el dolor no proviene únicamente de la agresión, sino del silencio que la rodea. Niñas, <strong>niños</strong> y adolescentes que no son escuchados, docentes que no cuentan con herramientas suficientes para intervenir, y familias que muchas veces no saben cómo actuar. Este entramado de omisiones convierte al <strong>bullying</strong> en una herida social compartida.</p>


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<p>Diversos especialistas han señalado que la violencia no surge de manera aislada, sino que es el reflejo de dinámicas sociales más amplias. En este sentido, el sociólogo Johan Galtung plantea que la violencia puede ser directa, pero también estructural y cultural. El <strong>bullying</strong>, entonces, no es solo el acto visible de agredir, sino también el resultado de <strong>una cultura que tolera, justifica o invisibiliza estas conductas.</strong></p>
<p>Cuando una burla constante se vuelve “normal”, cuando un apodo hiere y nadie interviene, cuando la exclusión se interpreta como parte de la convivencia, estamos frente a una forma de violencia cultural que se reproduce sin cuestionarse. Y es ahí donde radica el mayor riesgo: en dejar de verla.</p>
<p>Los datos en México son contundentes, desde Fundación en Movimiento, fundación que forma parte del <strong>Pacto por la Primera Infancia</strong>, hemos identificado en nuestros diagnósticos que la mayoría de los casos ocurren dentro del aula, y un porcentaje mínimo recibe atención efectiva por parte de las autoridades escolares. Esto nos obliga a replantear no solo qué está pasando, sino qué estamos dejando de hacer.</p>
<p>No podemos seguir abordando el <strong>bullying</strong> únicamente desde la sanción. <strong>Castigar sin comprender no transforma la conducta.</strong> Necesitamos ir más allá: comprender el origen de la violencia, desarrollar habilidades socioemocionales y construir entornos donde el respeto no sea una norma impuesta, sino un valor vivido.</p>


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<p>En este camino, la educación para la paz se convierte en una herramienta fundamental. Llevar esto a las escuelas significa formar estudiantes capaces de reconocer sus emociones, comunicarse sin violencia y resolver sus diferencias de manera constructiva.</p>
<p>Hoy, en el marco del <strong>Día Internacional contra el Bullying</strong>, más que preguntarnos por qué sucede, tendríamos que cuestionarnos qué estamos haciendo para cambiarlo. Porque mientras sigamos minimizándolo, seguirá creciendo en silencio.</p>
<p>El <strong>bullying</strong> no es cosa de infantes o adolescentes. Es una responsabilidad de adultos. Y también, una oportunidad: la de construir, desde la educación, una sociedad más consciente, empática y en paz.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/masculinidad-toxica-en-el-fearless-congress-de-jalisco/16599</guid>
<pubDate>04/30/2026 10:15:00 a. m.</pubDate>
<title>Las falsas salidas a la crisis de masculinidad</title>
<description>La crisis de masculinidad atraviesa a muchos j&#243;venes&#46; Frente a ello&#44; discursos conservadores y fen&#243;menos como el looksmaxxing ofrecen respuestas simplistas que refuerzan estereotipos&#46; La salida est&#225; en la educaci&#243;n&#44; igualdad y modelos masculinos m&#225;s libres y emp&#225;ticos&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/28/columna-magdacoss-e31ced5f-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Las falsas salidas a la crisis de masculinidad" title="Las falsas salidas a la crisis de masculinidad"></div><p>Es verdad que hay <strong>crisis masculina</strong>: los hombres lideran las cifras de suicidio, adicciones, encarcelamiento y muertes violentas; muchos se sienten perdidos, sin lenguaje emocional ni redes de apoyo. Sin salidas ni esperanza ante la policrisis económica, política y climática que el mundo atraviesa.</p>
<p>Además, en México esto ocurre en un contexto de violencia estructural extrema con al menos 43 mil personas desaparecidas reconocidas por el Estado, pero podrían ser más de 120,000 de acuerdo a los cálculos de organizaciones de derechos humanos. El 76% de las desapariciones son hombres.</p>
<p>¿Cómo cambiar esta realidad? ¿Cómo escapar de esta amenaza? Los chicos están buscando modelos a seguir, y los primeros en buscar su atención y “me gusta” son otros adolescentes u hombres jóvenes instagrameables que prometen fama, dinero, éxito y la vida perfecta si logran cambiar su físico. El <em><strong>Looksmaxxing</strong></em>&nbsp; y su versión más radical el <em><strong>Hardmaxxing</strong></em> que promueve llegar a cualquier extremo como tomar testosterona, hormonas de crecimiento y otras sustancias, o incluso recurrir a martillazos para cambiar tu estructura ósea, son una puerta de entrada a esa “machósfera” que mide su éxito según al número de mujeres que atraen.</p>
<p>Si después de desarrollar músculos y conseguir la apariencia “adecuada” no logras atraer mujeres, la culpa es de ellas. Al igual que para los “<strong>incels</strong>” (célibes involuntarios) las mujeres son culpables de negarles algo a lo que creen que tienen derecho.</p>
<p>Es en este contexto, se llevó a cabo el <em><strong>Fearless Congress</strong></em> en el estado de Jalisco, un espacio presentado como de “sanación emocional”, “trabajo personal” y “nuevas masculinidades”, apropiándose del lenguaje que el feminismo y los estudios de género han construido durante décadas, pero para reciclar una masculinidad patriarcal conservadora.</p>


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                                    <h3 class="post__title">¿Masculinidad “sin miedo” o retroceso?: lo que nos dice congreso en Jalisco</h3>
                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p>¿Qué ofrece este espacio a los adolescentes confundidos por la falta de referentes masculinos y que intentan encontrar su propia manera de ser hombres? Encuentran respuestas simples a problemas complejos: una identidad cerrada, con roles rígidos de género, heteronormativa, separatista de las mujeres y enemiga del feminismo, y una narrativa que le dice que la raíz de su malestar es que “la masculinidad tradicional está bajo ataque”.</p>
<p>En el conservadurismo que organizó este tipo de congresos a las mujeres nos matan, nos desaparecen y nos mandan a sostener hogares en soledad y dependencia, pero a los hombres tampoco les va bien: guerras, secretos, suicidios, la obligación de llenar un molde específico en el que la única forma de ser exitoso es tener dinero en una sociedad de profunda desigualdad, crisis financiera y falta de oportunidades estructurales.</p>
<p>No se puede negar la crisis masculina: en Inspiring Girls la vemos en cada salón de clases; en los chicos que no encuentran palabras para nombrar lo que sienten, en los jóvenes que creen que para gestionar el dolor deben de recurrir al alcohol, drogas, violencia o silencio.</p>


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                                    <div>Por Daniela G Ramírez Martínez</div>
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<p>Lo que necesitamos construir para ellos son espacios donde puedan cuestionar el mandato de ser fuertes, exitosos y dominantes, sin que eso implique perder su valor ni su pertenencia. <strong>Espacios donde tengan el derecho a construir una vida propia, situada, ética, compleja.</strong></p>
<p>Si de verdad nos preocupa el sufrimiento de los hombres, tenemos que mirar hacia la educación y no hacia congresos de reafirmación patriarcal disfrazados de innovación espiritual: necesitamos una educación sexual integral basada en evidencia, que hable de consentimiento, placer, diversidad, prevención de violencias y corresponsabilidad.</p>
<p>Una formación que muestre la plasticidad del cerebro y el peso del aprendizaje social en lugar de repetir que las chicas son emocionales y que los chicos son fuertes; currículos éticos y ciudadanos que coloquen en el centro los derechos humanos y la igualdad y enseñen a niñas y niños a preguntarse cómo impactan sus decisiones en los demás; políticas públicas con perspectiva de género y alianzas entre escuela, comunidad y organizaciones feministas para diseñar programas donde el feminismo deje de ser el enemigo que castiga a los hombres y se reconozca como la fuerza que puede liberarlos de mandatos imposibles y dolorosos.</p>
<p>Y sobre todo, necesitamos aliados, hombres reales, que se permitan la vulnerabilidad, que no basen su valor en dominar, en acumular poder o dinero, sino en vivir en paz consigo mismos y con las demás personas, capaces de ternura, de cuidar y pedir ayuda, de vivir sin violencia, sin dobles vidas, sin secretos que los destruyan por dentro.</p>
<p>Sólo con estos modelos y referentes que inspiren a los niños y jóvenes, lograremos sociedades más seguras e igualitarias para las niñas y mujeres.</p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/el-feminicidio-de-carolina-flores-no-requiere-eufemismos/16595</guid>
<pubDate>04/29/2026 10:00:00 a. m.</pubDate>
<title>El feminicidio no se explica con eufemismos&#58; justicia y verdad para todas</title>
<description>El feminicidio de Carolina Flores reabre una discusi&#243;n urgente&#58; el riesgo de usar eufemismos para explicar violencias estructurales contra las mujeres&#46; M&#225;s all&#225; de las din&#225;micas familiares&#44; el caso evidencia omisiones institucionales y un sistema de justicia que permite que se perpet&#250;e la impunidad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/28/portadas-lcde-1-270ba17a-focus-0-0-1280-720.webp" alt="El feminicidio no se explica con eufemismos: justicia y verdad para todas" title="El feminicidio no se explica con eufemismos: justicia y verdad para todas"></div><p>El feminicidio de <strong>Carolina Flores</strong> se ha explicado en los últimos días utilizando términos psicológicos como "enmeshment" —que hace referencia a relaciones familiares con límites poco claros o excesiva dependencia emocional—. Sin embargo, calificar así este caso puede trivializar la violencia real y grave que ocurrió: un acto brutal contra una mujer.</p>
<p>Cuando empleamos términos diagnósticos para describir crímenes, corremos el peligro de reducir la verdad. No, no era una "familia unida" en absoluto. No era un problema de comunicación. Fue un acto de poder, uno que terminó con la vida de una mujer, en un entorno en el que el silencio y el tiempo jugaron a favor de la impunidad. </p>
<p>Con este señalamiento no busco descalificar a quienes han intentado explicar el caso desde conceptos como “enmeshment” o “incesto emocional”. Es comprensible que desde la psicología se busquen herramientas para nombrar lo que ocurre en las relaciones.</p>
<p>Sin embargo, desde una mirada de derechos humanos y de psicología feminista, es indispensable no perder de vista el centro: la violencia contra las mujeres no puede explicarse únicamente desde lo emocional o lo familiar, porque hacerlo corre el riesgo de desplazar la responsabilidad y diluir la gravedad del crimen.</p>


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                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p>Este caso no es evidencia de descontrol emocional. Lo que demuestra es algo aún más perturbador: el riesgo muy real de que ocurra alguna violencia dentro de un lugar que, se supone, es seguro, y nadie responda de inmediato.</p>
<p>Las horas que transcurrieron antes de que se activara la <strong>justicia</strong> no son un detalle menor. Hablan de un contexto donde el tiempo no se usa para proteger, sino que puede convertirse en un recurso que favorece el encubrimiento.</p>
<p>Además, en el caso de Carolina no hay evidencia pública de una activación oportuna de los servicios de emergencia. Esto no es un detalle menor: es parte de las omisiones que pueden permitir que la violencia escale hasta sus consecuencias más graves.</p>
<p>Reducir este hecho a una dinámica familiar también implica otro riesgo: trasladar la conversación hacia las relaciones, las emociones o incluso la conducta de la víctima. Y eso no solo es impreciso, es revictimizante.</p>
<p>Nada en la vida de una mujer explica ni justifica la violencia que se ejerce contra ella. Desde una mirada de derechos humanos y de psicología feminista, es indispensable hacer un giro: dejar de buscar explicaciones en la intimidad de las familias, de dar “consejos” a las mujeres para detectar señales y comenzar a nombrar lo que sí está en juego.</p>
<p>La violencia contra las mujeres no es un fenómeno aislado ni individual, es estructural. Se sostiene en relaciones de poder, en desigualdades normalizadas y, sobre todo, en un sistema que no siempre responde con la urgencia y la contundencia que estos casos requieren.</p>
<p>Más allá de la promulgación de nuevas leyes, como la reciente Ley General para prevenir, investigar, sancionar y reparar el daño por el delito de feminicidio, propuesta en marzo de 2026 por la Presidencia de México y respaldada en el Congreso en abril del mismo año, es indispensable que las autoridades y fiscalías actúen con debida diligencia y un enfoque real de derechos humanos. De poco sirven leyes si quienes deben aplicarlas no lo hacen con eficacia y compromiso. Los casos de Carolina, de Edith y de cientos de mujeres más muestran claramente esta brecha entre lo normativo y lo real.</p>


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                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p>Por eso, la pregunta no es cómo era la relación entre la <strong>suegra</strong> y su hijo. La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿Cómo es posible que una mujer sea asesinada en su propia casa y que el sistema tarde en reaccionar? ¿Cómo es posible que el tiempo transcurra sin activar de inmediato los mecanismos de <strong>justicia</strong>?</p>
<p>Ahí está el centro del problema, porque la impunidad no es solo la ausencia de castigo. Es también el margen que permite que la violencia ocurra, se gestione y, en muchos casos, se normalice.</p>
<p>Nombrar correctamente estos hechos no es un asunto de lenguaje, es un asunto de <strong>justicia</strong>.</p>
<p>También es necesario cuestionar por qué estos hechos no se investigan con la debida diligencia y perspectiva de género, incluyendo todas las líneas que permitan esclarecer posibles responsabilidades y omisiones.</p>
<p>La negligencia no es solo un error: es una condición que permite que la violencia se perpetúe. Es el silencio institucional el que puede hacer funcional el silencio de quienes no actúan. Si el sistema de <strong>justicia</strong> fuera una respuesta real e inmediata, el tiempo no jugaría a favor de la impunidad.</p>
<p>Normalizar que una escena de violencia pueda sostenerse durante horas sin una intervención oportuna no solo es grave: es parte del problema que el sistema de <strong>justicia</strong> reproduce.</p>
<p>Es urgente dejar de colocar la responsabilidad en las mujeres y de usar narrativas que minimizan la violencia.</p>
<p>Nombrar con claridad es fundamental: cuando se diluye el crimen, se fortalece la impunidad y la revictimización.</p>
<p>Las instituciones tienen la obligación de responder con debida diligencia, perspectiva de género y mecanismos efectivos de protección.</p>
<p>Y como sociedad, nos corresponde exigir <strong>justicia</strong> y no normalizar la violencia. Nombrar la violencia con claridad también es una forma de <strong>justicia</strong>.</font></p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/las-tareas-de-cuidado-recaen-desproporcionadamente-en-las-mujeres/16587</guid>
<pubDate>04/25/2026 09:00:00 a. m.</pubDate>
<title>Cuidamos&#44; luego existimos</title>
<description>El trabajo de cuidados sostiene la vida&#44; pero tambi&#233;n reproduce desigualdades profundas&#46; A partir de la idea del cuidatoriado se pueden repensar los cuidados como trabajo&#44; derecho y perspectiva cr&#237;tica para reorganizar la vida en com&#250;n desde la interdependencia&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/24/sobreeplotacion-1d5e378c-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Cuidamos, luego existimos" title="Cuidamos, luego existimos"></div><p>Podemos afirmar que no hay vida humana posible sin trabajo de cuidados. Nuestra subsistencia individual y el funcionamiento general de la sociedad dependen de vínculos sociales que nos sostienen. Sin embargo, las mismas actividades imprescindibles para garantizar nuestro bienestar son también escenario de múltiples formas de explotación.</p>
<p>Los cuidados no se limitan a sostener la «supervivencia de la especie», en tanto satisfacción de las necesidades fisiológicas y de seguridad. Implican, más bien, la reproducción de estructuras políticas, económicas, culturales y comunitarias definidas histórica y socialmente. El problema es que estas estructuras son profundamente patriarcales y, al reproducirlas, contribuimos a legitimar un orden injusto para quienes cuidan.</p>
<p>Por ello, me interesa plantear los cuidados como una herramienta analítica para repensar, reorganizar y revalorar nuestro <em>ser en el mundo</em>: una forma de pensarnos dentro de un proyecto en común que pone la vida al centro, en contraposición a una perspectiva androcéntrica y capitalista.</p>
<p><br></p>
<p><strong>La perspectiva de quienes cuidan</font></strong></p>
<p>Los testimonios de quienes cuidan suelen estar atravesados por una mezcla de agotamiento, indignación, obligación y compromiso. Las investigaciones especializadas en este campo han demostrado que persiste un <em>nexo entre desigualdad y cuidados</em>. Este nexo se configura como un entramado de relaciones de poder en el que los cuidados son distribuidos y organizados de manera injusta, inequitativa y extenuante.</p>
<p>Pero ¿quiénes sostienen la vida, en qué condiciones y a qué costo? Parafraseando un neologismo propuesto por la socióloga española María Ángeles Durán, podemos formular el siguiente planteamiento:</p>
<p><em>&nbsp;</em></p>
<p><em>Si el marxismo ha planteado como su sujeto epistémico al proletariado —un contingente masculino/masculinizado conformado por la clase obrera—, hoy emerge la figura del <strong>cuidatoriado</strong>, un proletariado femenino/feminizado formado por quienes cuidan, sobre cuyos cuerpos, tiempos y fuerzas descansa la responsabilidad nada menor de sostener la vida y que tiene un papel clave en la lucha de clases contemporánea.</em></p>
<p>En reconocimiento de la histórica lucha de este cuidatoriado, hoy entendemos el cuidar como un trabajo, un derecho humano autónomo, un conjunto de prácticas —haceres, sentires, pensares— y, al mismo tiempo, como una perspectiva crítica.</p>
<p>Esta postura multidimensional permite poner en diálogo y articular la tensión conceptual entre el trabajo de reproducción social (énfasis en la dimensión estructural) y el trabajo de cuidados (énfasis en la dimensión afectiva y relacional). Esto es, considerar el papel de la experiencia subjetiva, el costo emocional, así como el trabajo de crear y mantener nuestros vínculos en la construcción material del bienestar social.</p>


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<p><strong>Una ontología relacional</font></strong></p>
<p>Etimológicamente, <strong>cuidado</strong> proviene del latín <em>cogitare</em>, que alude a meditar, pensar o atender. Teniendo esto en mente, podemos resignificar políticamente el cogito cartesiano siguiendo la fórmula <em>cuidamos, luego existimos</em>.</p>
<p>La propuesta es reorganizar la vida en común desde una <em>ontología relacional</em>. Es decir, promover una forma de concebirnos —lo que somos y las condiciones de nuestra existencia— no como seres autónomos y autosuficientes, sino como seres que se constituyen en y a través de relaciones. Esta perspectiva involucra:</p>
<p>-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Problematizar la manera en que organizamos la reproducción cotidiana de la vida para detectar aspectos clave donde incidir y desarticular el nexo entre desigualdades y cuidados. Por ejemplo, al priorizar el autocuidado, el tiempo propio y el <strong>cuidado</strong> mutuo.</p>
<p>-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Desplazar de nuestros análisis políticos al sujeto epistémico por excelencia: el <em>homo economicus</em> —racional, varón, independiente y maximizador de recursos—. Este desplazamiento abre paso al protagonismo de entidades colectivas e interdependientes, como la familia, el vecindario, la comunidad o el <em>cuidatoriado</em>.</p>
<p>-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ir más allá de la pregunta habitual sobre qué elementos del mundo del trabajo están presentes en los cuidados. En su lugar, nos invita a cuestionar qué elementos de los cuidados están presentes en todo tipo de trabajo, en la cotidianidad y a lo largo de la historia.</p>
<p>-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Resaltar el carácter histórico de los cuidados como una apuesta política por la expansión y dignificación del bienestar. La perspectiva de cuidados, al igual que la de género, pugna por su transversalización e implementación como eje rector de la acción social a nivel institucional y programático.</p>
<p>Incorporar una perspectiva de cuidados entraña un cambio de paradigma: existimos en tanto cuidamos. Apunta a pensarnos de forma vincular e interdependiente, a recentrar el valor de lo común y las comunidades que nos acuerpan, sostienen y cuidan.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/crisis-climatica-y-derechos-de-las-mujeres-la-deuda-que-persiste/16553</guid>
<pubDate>04/22/2026 09:00:00 a. m.</pubDate>
<title>Clima&#44; territorio y g&#233;nero&#58; tres luchas entrelazadas</title>
<description>La emergencia clim&#225;tica no solo profundiza desigualdades hist&#243;ricas&#44; sino que recae desproporcionadamente sobre las mujeres&#44; quienes sostienen la vida sin acceso equitativo a la toma de decisiones&#46; Reconocer su papel y garantizar su participaci&#243;n es clave para enfrentar esta crisis&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/20/berta-caceres-giei-5b6d9e8b-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Clima, territorio y género: tres luchas entrelazadas" title="Clima, territorio y género: tres luchas entrelazadas"></div><p>El calendario avanzó, pero la urgencia permanece. Aunque marzo quedó atrás, las demandas que tomaron las calles siguen vigentes. Recordamos a nuestras ancestras, bisabuelas, abuelas y madres: mujeres que conquistaron muchos de los derechos de los que hoy gozamos, como el voto, la posibilidad de decidir si tener hijos o hijas —y cuántos—, de ir a la escuela o de elegir si queremos tener pareja o no, entre muchos otros.</p>
<p>Pero bien advertía Simone de Beauvoir: <em>“No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos. Deben permanecer vigilantes durante toda vuestra vida.”</font></em></p>
<p>Hoy esa advertencia adquiere un nuevo significado. En un mundo atravesado por múltiples crisis, una de las amenazas más profundas al ejercicio pleno de los derechos de las mujeres y las niñas es la <strong>crisis climática</strong>. Este no es un fenómeno natural que ocurre en el vacío. Es el síntoma de un modelo de desarrollo basado en la idea de crecimiento económico infinito, que ha tenido consecuencias sociales y ambientales profundas. En este enfoque de progreso las ganancias económicas de unos pocos se priorizan a costa del planeta y del bienestar de la mayoría de las personas.</p>


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                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p>Este modelo no es ajeno a las estructuras que reproducen la desigualdad; más bien se erige en ellas, especialmente en las patriarcales. Gran parte del funcionamiento de la economía se ha sostenido sobre el trabajo de cuidados no remunerado e invisibilizado, realizado principalmente por mujeres y niñas.</p>
<p>Esta realidad se agudiza cuando se cruzan múltiples condiciones de desventaja, realidad que enfrentan millones de mujeres en México, en particular de pueblos originarios y rurales, con mayores niveles de pobreza, menor acceso a la propiedad de la tierra y a espacios de toma de decisiones. Así, muchas de las desigualdades que hoy se profundizan con la <strong>crisis climática</strong>, son el resultado de décadas, incluso siglos, en los que el bienestar de las mujeres y las infancias ha sido relegado.</p>
<p>Las mujeres no solo resienten los impactos de la <strong>crisis climática</strong>, sino que además sostienen la vida, en la práctica cotidiana, con estrategias de adaptación, resiliencia y cuidado en sus hogares y comunidades. Aun así, siguen sin ocupar en igualdad de condiciones los espacios donde se decide el rumbo del desarrollo, de la energía, del <strong>territorio</strong> y de la inversión pública. No se puede pedir a las mujeres que carguen con los impactos de la crisis y, al mismo tiempo, mantenerlas fuera de los espacios donde se define cómo enfrentarla. Por eso, incorporar a las mujeres en la toma de decisiones no es solo una cuestión de justicia simbólica; es una forma concreta de corregir políticas ciegas a la realidad del <strong>territorio</strong> y de la vida cotidiana.</p>
<p>Esta invisibilidad es notoria cuando las políticas estatales y tendencias macroeconómicas —producto de la <strong>crisis climática</strong> y el agotamiento del modelo capitalista— aterrizan en los territorios y en la vida comunitaria. Muchas medidas de adaptación, restauración y remediación ambiental descansan, en la práctica, sobre labores de cuidado que recaen desproporcionadamente en las mujeres, sin considerar las dobles y terceras jornadas que ya enfrentan.</p>
<p>Al mismo tiempo, prácticas extractivas como el<em> fracking</em>, profundizan la degradación ambiental y climática, afectando de manera diferenciada a quienes ya viven en condiciones de desventaja. La contaminación, la escasez de agua, el deterioro de la salud y la pérdida de medios de vida no son impactos neutros: suelen traducirse en más trabajo no remunerado, mayor precariedad y menor capacidad de participación para mujeres y niñas. Así, mientras son excluidas de la toma de decisiones, les trasladan los costos de sostener la vida en medio de la crisis.</p>
<p>Hablar hoy de derechos, justicia y acción para todas las mujeres y niñas exige reconocer una verdad incómoda: la <strong>crisis climática</strong> no es una amenaza futura, ya es uno de los riesgos más graves al ejercicio pleno de los derechos humanos —particularmente para niñas y mujeres, y requiere de acción urgente. No es suficiente reconocer que las mujeres son afectadas de manera diferenciada: hay que garantizar su participación sustantiva y visibilizar que son ellas las que llevan las luchas a lo largo del <strong>territorio</strong>.</p>
<p>Por eso hoy seguimos marchando. La marea lila que recorre las calles también se expresa en los territorios, en mujeres como las Guardianas del Conchalito en Baja California Sur que han recuperado kilómetros de manglar o las mujeres del pueblo Yoreme-Mayo que defienden su tierra de los impactos de una planta de amoniaco. Ellas nos recuerdan que los derechos conquistados nunca están garantizados y que defenderlos sigue siendo una tarea colectiva.</p>
<p><br></p>
<p><strong>*Esta columna fue escrita por&nbsp;Florencia García Mora, Miriam Silva Taylor, Andrea Santillán Enríquez, Emilia Noemi Amezcua Bernal, Karla Corsino, Fátima Viquez Paredes, Mary Flores y Lisbeth Camacho.&nbsp;</font></strong></p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/edith-guadalupe-y-la-nueva-ley-de-feminicidios-en-mexico/16550</guid>
<pubDate>04/20/2026 12:18:00 p. m.</pubDate>
<title>Edith y la nueva ley vs feminicidio</title>
<description>La nueva Ley General contra el Feminicidio en M&#233;xico unifica criterios legales y reconocer una deuda del Estado con las v&#237;ctimas&#46; Sin embargo&#44; el caso de Edith evidencia que&#44; pese a los cambios legislativos&#44; persisten fallas estructurales como la como la negligencia y las denuncias de corrupci&#243;n&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/20/portadas-lcde-1-ceb8ba21-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Edith y la nueva ley vs feminicidio" title="Edith y la nueva ley vs feminicidio"></div><p>La pregunta aparece con frecuencia cuando participo en un panel o ponencia: ¿Hacen falta leyes para erradicar la violencia de género?</p>
<p>Si fuera tan simple, ya podríamos cantar victoria porque el marco legal mexicano es bastante sólido y continúan los avances. La semana pasada, el Senado aprobó la reforma constitucional que faculta al Congreso de la Unión para expedir la primera Ley General contra el Feminicidio en México. Es el reconocimiento de una deuda histórica del Estado mexicano con las mujeres que han sido asesinadas en razón de género y con las familias en búsqueda de justicia.</p>
<p>Antes de eso, México no contaba con una sola ley que definiera el feminicidio de la misma manera en todo el territorio nacional. Cada estado tenía su propia versión del delito, sus propios criterios para acreditarlo, sus propias penas. Eso significa que una mujer asesinada en Chiapas no “valía” jurídicamente lo mismo que una víctima en Baja California. El crimen era el mismo, pero la respuesta del sistema judicial dependía del código postal.</p>


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<p>Que un país haya operado así durante décadas –con 33 marcos penales distintos para un mismo delito que entre 2018 y 2025 mató a 26 mil 652 mujeres, según el Informe de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW)– era una forma de violencia institucional. Ya fue subsanada y esa es una buena noticia.</p>
<p>Pero la realidad se impone y nos demuestra, de nuevo, que la violencia de género es un problema estructural con raíces multifactoriales. En pocas palabras: las leyes son indispensables pero insuficientes. Un día después de la aprobación en el Senado, <strong>Edith</strong> Guadalupe desapareció.</p>
<p>Sabemos por su familia que la joven de 21 años salió a una entrevista de trabajo por una oferta que vio en redes sociales. Nos duele que ya no regresó a casa. Nos preocupan e indignan todos los obstáculos institucionales enfrentados en su búsqueda, desde la tardanza en atención hasta la solicitud de mordida por un agente de la Fiscalía General de Justicia para “agilizar” el proceso.</p>
<p>La fragmentación legal ha tenido consecuencias concretas para quienes buscan justicia ante un feminicidio. Sin criterios homogéneos de investigación a nivel nacional, las fiscalías podían evadir la perspectiva de género con relativa facilidad: clasificar un feminicidio como homicidio doloso, archivar, diluir. El Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio documentó que solo entre 25 y 27% de las muertes violentas de mujeres comienzan siendo investigadas como feminicidios.</p>
<p>Ahora, la ley general obligará a la Federación, a los estados y a los municipios a actuar bajo las mismas reglas, los mismos protocolos, los mismos estándares y perspectiva de género. La aprobación por unanimidad es una señal alentadora del consenso político, pero no basta para garantizar el cambio necesario; es indispensable avanzar en capacitación para aplicarla y en sanciones ejemplares contra servidores públicos que en lugar de ayudar con empatía y prontitud, extorsionan a familiares desesperados.</p>
<p>En la CDMX, la Fiscal Bertha Alcalde ya separó del cargo a los tres señalados en el caso de <strong>Edith</strong>. ¿Cuántos más usarán ese modus a nivel nacional? ¿Será posible dar ese siguiente paso con criterios homologados? Lo veremos, mientras esperamos justicia para <strong>Edith</strong> y para todas quienes no lograron viralizarse para llamar la atención de las <strong>autoridades</strong>.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/gentrificacion-en-cdmx-como-impacta-a-las-mujeres-y-los-cuidados/16529</guid>
<pubDate>04/18/2026 09:00:00 a. m.</pubDate>
<title>La ciudad generizada&#44; trabajos de cuidado y gentrificaci&#243;n</title>
<description>En medio de la crisis de vivienda en la Ciudad de M&#233;xico&#44; la gentrificaci&#243;n revela su impacto diferenciado en las mujeres&#46; Entre desalojos&#44; aumento de rentas y una ciudad dise&#241;ada sin perspectiva de cuidados&#44; las mujeres enfrentan mayores obst&#225;culos para sostener su vida cotidiana&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/17/marcha-vs-sheinbaum-2312b797-focus-0-0-1280-720.webp" alt="La ciudad generizada, trabajos de cuidado y gentrificación" title="La ciudad generizada, trabajos de cuidado y gentrificación"></div><p>En los últimos meses, en la Ciudad de México la <strong>gentrificación</strong> ha dejado de ser un concepto académico y ha pasado a formar parte de la jerga cotidiana —en periódicos, televisión, colectivas, partidos, ONGs, revistas, libros—. Ante este auge, se vuelve más común repensar y cuestionar nuestra relación con el mapa urbano y desde dónde se sitúa el cuerpo y la relación que establecemos con la ciudad en términos de clase, racialización, edad, etc.</p>
<p>En medio de esta coyuntura urbana —crisis de vivienda, alza de precios, desplazamiento y segregación—, hace falta profundizar el vínculo entre las mujeres y los fenómenos urbanos. Aquí los feminismos con perspectiva de clase y antirracistas han sido fundamentales, pues, proporcionan pistas clave para entender que el espacio no es neutro, es absolutamente patriarcal.</p>
<p>Valeria de la Vega (2023), señala que en las ciudades patriarcales el espacio no fue pensado para las mujeres ni para la reproducción del trabajo de <strong>cuidado</strong>, sino que su propósito es satisfacer a la producción. Ejemplo de ello es que a pesar de que las ciudades no se produzcan para nosotras el 40% de la movilidad en las ciudades es realizada por mujeres que realizan las tareas de <strong>cuidado</strong> (p.135).</p>
<p>A pesar de que el trabajo de cuidados sea algo sustancial, es infravalorado, siendo una actividad feminizada y no remunerada, de la cual el capital se sostiene para seguir alimentando el modo de producción actual. En otras palabras: las mujeres no son el sujeto principal de planeación urbana, pero tienen que sostener la vida con los cuidados y articular estrategias de supervivencia económica en una ciudad que no está pensada para ellas, siendo el 52.2% de la población en la Ciudad de México.</p>
<p>En otras palabras, las mujeres tenemos que habitar una ciudad, que no fue construida para nosotras. Una ciudad, en la que el promedio de renta es de 21 mil pesos (<a href='https://www.eleconomista.com.mx/econohabitat/precio-promedio-renta-cdmx-llegara-21-000-pesos-20251014-781438.html' target='_blank'>El Economista, 2025</a>) mientras que un salario mínimo es de 9 mil 582 pesos, es decir un salario mínimo no cubre la mitad del promedio de la renta en esta ciudad. En este contexto, los desalojos —como una de las expresiones de la <strong>gentrificación</strong>— han sido un escenario frecuente que implican consecuencias diferenciadas para las mujeres, pérdida de independencia económica, extensión de los desplazamientos que se entrecruzan con las labores de cuidados, y más.</p>


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                                    <h3 class="post__title">¡Vivienda sí, desalojo no!: la SCJN baja el proyecto sobre desalojos</h3>
                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p><em><strong>El caso de Cuba 11</font></strong></em></p>
<p>Un ejemplo de ello han sido las mujeres que resisten en el actual Plantón de Cuba, que, tras ser desalojadas en agosto de 2025, siguen luchando por su vivienda. Sin embargo, han tenido que atravesar dificultades durante el proceso.&nbsp;</p>
<p>En el marco de una investigación en curso, se retomó la entrevista de una persona que sostiene el plantón en Cuba 11, la cual compartió la experiencia de sus compañeras de plantón que, tras el desalojo, tuvieron que modificar sus vidas, rutinas y estrategias para sobrevivir.&nbsp; Cuatro de ellas son madres solteras, una de ellas vendía tamales en la entrada de su edificio; ahora vende a pie de calle, pero perdió el resguardo de sus cosas. Otra tenía un puesto de jugos; ahora no puede atenderlo porque debe cuidar el plantón. El INVI les paga su hotel, pero no aceptan perros y ella no puede estar ahí, lo que implicó la pérdida de su empleo y su independencia económica. Una vecina adulta mayor hacía sellos, vivía al día; ahora debe ir al plantón a atender a clientes, volver a casa a hacer los sellos y regresar a vender. Y dos más que tras el desalojo tienen que desplazarse con sus hijas e hijos a sus casas en Ecatepec y regresar para el <strong>cuidado</strong> del plantón.</p>
<p>&nbsp;El desalojo ha implicado la restricción de sus movimientos y decisiones. Estos proyectos urbanos en nombre del <em>progreso</em> intensifican los desplazamientos. El desalojo no es un evento puntual, es una nueva condición de vida que para ellas se ha reflejado en la elaboración de estrategias de supervivencia, readaptación en las labores de <strong>cuidado</strong>, el&nbsp; abandono de la independencia económica y a la vez de resistencia por el derecho a la vivienda La <strong>gentrificación</strong> no es un destino inevitable, es un proyecto de renovación urbana en una ciudad que se sigue sosteniendo por los trabajos de <strong>cuidado</strong>, y a la par, en nombre del progreso los desplaza sistemáticamente.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/brecha-de-genero-en-congreso-de-colombia/16517</guid>
<pubDate>04/15/2026 09:30:00 a. m.</pubDate>
<title>La brecha de poder en el Congreso colombiano&#58; m&#225;s mujeres&#44; mismos l&#237;mites</title>
<description>Aunque m&#225;s mujeres compiten en la pol&#237;tica colombiana&#44; su llegada efectiva al poder se estanca —e incluso retrocede—&#44; evidenciando que la paridad no se resuelve solo con cifras&#44; sino con condiciones reales de acceso y agendas comprometidas con la igualdad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/14/portadas-lcde-5b97bf0e-focus-0-0-1280-720.webp" alt="La brecha de poder en el Congreso colombiano: más mujeres, mismos límites" title="La brecha de poder en el Congreso colombiano: más mujeres, mismos límites"></div><p><strong>Colombia</strong> enfrenta una paradoja persistente en su democracia, cada vez más mujeres participan en la contienda electoral, pero su presencia efectiva en los espacios de poder no crece al mismo ritmo y, en algunos casos, incluso retrocede. En materia de representación femenina, hay avances que vale la pena destacar: el 40,9 % de las candidaturas al <strong>Congreso</strong> corresponden a mujeres, lo que significa un incremento frente a procesos electorales anteriores.</p>
<p>Este dato no es menor, pues refleja, al menos en el plano formal, una mayor presencia de mujeres en la contienda electoral, impulsada en parte por mecanismos como las listas cerradas y de cremallera, a pesar de las críticas que han suscitado.</p>
<p>Se trata, además, del resultado de décadas de lucha del movimiento de mujeres y del movimiento feminista en <strong>Colombia</strong>, que han promovido reformas legales, acciones afirmativas y transformaciones culturales para abrir espacios en la <strong>política</strong>. La ley de cuotas, la incidencia en los partidos y la presión constante por la paridad han sido claves para que hoy más mujeres puedan aspirar a cargos de elección popular. En ese sentido, el aumento en las candidaturas es una conquista colectiva sostenida en el tiempo.</p>
<p>Sin embargo, al contrastar este avance con los resultados en términos de representación efectiva, es decir las curules obtenidas, la narrativa se complejiza. En medio del proceso de escrutinio y a la espera de la entrega de credenciales por parte de la Registraduría Nacional del Estado Civil, la Misión de Observación Electoral (MOE) advierte un estancamiento en la participación de mujeres en el <strong>Congreso</strong> para el periodo 2026–2030: la representación femenina alcanza el 29,98 %, lo que incluso supone una leve caída frente a las elecciones de 2022. Esto indica que, aunque formalmente se cumple la cuota del 30 %, el dato evidencia un problema estructural y es que persisten barreras en el acceso real de las mujeres a cargos electivos.</p>
<p>La distancia entre candidaturas y resultados pone en evidencia una tensión persistente en la democracia colombiana: no basta con que las mujeres estén en las listas, es necesario que estén en posiciones competitivas y de toma de decisión. La cuota, sin mecanismos efectivos de ubicación y alternancia, puede convertirse en un cumplimiento formal sin impacto sustantivo. En otras palabras, más mujeres compiten, pero no necesariamente más mujeres llegan a los cargos.</p>


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<p>A esta tensión se suma una paradoja aún más compleja. Algunas de las mujeres que sí logran acceder al poder lo hacen desde agendas políticas abiertamente conservadoras o religiosas que, en muchos casos, se oponen a avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género, la lucha contra las múltiples formas de violencias basadas en género e incluso la misma paridad.&nbsp; Incluso, en ocasiones, desconocen o minimizan el papel de los movimientos sociales y feministas en la apertura de estos espacios.</p>
<p>Esto plantea preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué significa realmente avanzar en representación <strong>política</strong>? ¿Es suficiente contar cuántas mujeres hay en el <strong>Congreso</strong> o debemos preguntarnos también qué agendas impulsan y qué derechos están dispuestas a defender? ¿Existe el riesgo de retroceder en materia de igualdad? La presencia de mujeres no garantiza, por sí sola, una representación sustantiva ni la defensa de los derechos de las mujeres. Además, la <strong>política</strong>, e incluso la democracia misma, está atravesada por ideologías, proyectos de sociedad y disputas de poder. Que una mujer ocupe una curul no implica automáticamente un compromiso con la igualdad de género o con otro tipo de derechos. Sin embargo, sí resulta problemático que se desconozca que esas mismas curules son, en gran medida, producto de luchas colectivas que buscaron ampliar derechos para las mujeres, no restringirlos.</p>
<p>En este contexto, el 8M adquiere una carga simbólica particular. Una fecha históricamente asociada a la reivindicación de derechos, la memoria feminista y la exigencia de igualdad coincide con un escenario en el que aumenta la participación formal, pero se estanca&nbsp; (e incluso retrocede), la representación efectiva. A ello se suma la posibilidad de que lleguen al <strong>Congreso</strong> personas con agendas regresivas, lo que evidencia tensiones no resueltas en torno a la igualdad <strong>política</strong> y el avance de sectores conservadores.</p>
<p>Aun así, es necesario reconocer que el hecho de que el 40,9 % de las candidaturas esté compuesto por mujeres es un logro significativo, independientemente de la orilla <strong>política</strong> de la que haga parte. Pero también es un recordatorio de que la igualdad no se agota en los números y tampoco es una responsabilidad exclusiva de las mujeres. La democracia paritaria no solo implica abrir las puertas, sino garantizar que las mujeres puedan atravesarlas en condiciones reales de competencia y ejercer el poder en contextos que no reproduzcan las desigualdades que históricamente las han excluido.</p>
<p>El desafío, entonces, es doble. Por un lado, fortalecer los mecanismos que además de asegurar la inclusión, también sostengan la efectividad de la participación <strong>política</strong> de las mujeres: listas paritarias, alternancia real, garantías dentro de los partidos y eliminación de violencias basadas en género dentro de estos. Por otro lado, promover una representación que avance en la garantía de derechos para mujeres, niñas y otras poblaciones históricamente discriminadas.</p>
<p>Quizás, en medio de estas tensiones, el <strong>Congreso</strong> 2026–2030, aun con menos mujeres, termine debatiendo de fondo la paridad <strong>política</strong> y comprometiéndose con la protección de la autonomía reproductiva de las mujeres, como condición para el ejercicio de la ciudadanía plena en una sociedad democrática. Y eso, en sí mismo, no dejaría de ser una nueva paradoja.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/tejer-amistad-generar-parentescos-politicas-feministas/16510</guid>
<pubDate>04/13/2026 06:22:00 p. m.</pubDate>
<title>Danzar nuestras libertades&#58; pol&#237;ticas feminista del cuerpo y los afectos</title>
<description>Entre la amistad&#44; el cuerpo y los afectos&#44; este texto propone una mirada &#237;ntima del feminismo como pr&#225;ctica cotidiana de resistencia&#46; Desde el baile&#44; la risa y el cansancio&#44; se reivindican los gestos m&#237;nimos como actos pol&#237;ticos que sostienen la dignidad y la libertad&#46;

</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/14/torneo-mujeres-libres-en-el-futbol-9d9b1b85-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Danzar nuestras libertades: políticas feminista del cuerpo y los afectos" title="Danzar nuestras libertades: políticas feminista del cuerpo y los afectos"></div><p><strong><em>Tejer <strong>amistad</strong>, generar parentescos</font></em></strong></p>
<p>Por Angélica Dávila Landa</p>
<p><a name="_heading=h.p821ctvpnhus" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a>&nbsp;Tomé con mucha fuerza el tubo del camión, conducido a toda velocidad, para asomarme por la ventana y no caerme en el intento. Era la primera vez que iba a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y quería ver si lograba ver a la distancia la facultad a la que tenía que llegar. De pronto, alguien muy amable me preguntó por el mismo lugar que era mi destino. “No sé, pero yo también voy para allá, ahorita lo buscamos”. Era Larissa Paissano, una mujer negra miskitu de Honduras que, con su pelo rizado y su voz suave, me confirió confianza y compañía. Resultó que las dos íbamos al mismo salón en el mismo edificio. Y desde entonces, comenzamos a volvernos amigas en esa ciudad que era nueva para las dos.</p>
<p><a name="_heading=h.511g48maezwn" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a>En la calidez de nuestra <strong>amistad</strong> y trabajo compartido, Larissa me ha enseñado muchísimo sobre cómo vivir un <strong>feminismo</strong> encarnado, afectivo y honesto con nosotras mismas y los demás. Siempre que hablo con ella enuncia una frase -“mi cuerpo siente, mi cuerpo dice”- para compartirme sus sentidos del mundo, de la vida y de la justicia. Con el paso del tiempo, como dice Donna Haraway (2019), además, hemos generado parentesco entre nosotras para aprender a cuidarnos y a sostener interdependientemente nuestras vidas, alegrías y dolores. Hoy quiero compartirles algunas de sus bellas reflexiones feministas que surgen del cuerpo y del afecto para mostrarnos que, en quienes somos, ya sostenemos ensayos de mundos más justos y más libres. Te quiero mucho Larissa, gracias por dejarnos leerte.</p>
<p><a name="_heading=h.xxbsyy370r0s" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a><strong>&nbsp;</strong></p>


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<p><a name="_heading=h.cireabv46a5j" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a><strong><em>Bailar en calzones: una forma de dignidad feminista</font></em></strong></p>
<p>Por Ana Larissa Paisano Amaya</p>
<p>Hoy, muy temprano, mientras estaba en casa, descalza y en calzones, decidí poner una rolita (canción). Y pasó lo inevitable: comencé a bailar como desquiciada. Salté con los ojos cerrados, reí sin contener mi carcajada —de esa que quienes me conocen reconocen de inmediato—, esa risa que sale desde lo más profundo. Reír con toda la intensidad del ser.&nbsp; ¿Alguna vez lo han intentado? <strong>Esa conexión entre el cansancio y la conciencia me</strong> recuerda quién soy; mujer negra indígena de Honduras, colaborando en una Asociación Civil en tierras mexicanas que trabaja por una cultura de paz con niñas, niños, adolescentes y mujeres. Lo hacemos a través de distintos ejes: derechos digitales, derecho al cuidado, prevención del acoso y hostigamiento sexual en espacios escolares y laborales. Se hacen cosas lindas. O como dicen acá en México: cosas <em>chidas</em>. Este año retomamos la agenda de talleres y charlas.</p>
<p>Con ello, vino también la tarea de gestionar espacios con instituciones educativas públicas: visitas, reuniones, solicitudes, seguimiento. La intención es clara: generar diálogo sobre el derecho a la conexión y los cuidados frente a la violencia digital. Pero el proceso ha sido agotador. Reuniones pospuestas, eventos cancelados sin previo aviso y el ya conocido “dejar en visto”. Un <em>ghosteo</em> Estatal que muchas personas conocen bien. Se siente feo, ¿verdad? En lo personal, me atraviesa la rabia y la impotencia. Todo se acumula en el cuerpo, en las vísceras. Frente a ese desgaste, decidí hacer algo distinto: cuidar lo que siento. <strong>Hice memoria de mi cuerpo como territorio de resistencia; </strong>madrugué para bailar, cantar, saltar, cerrar los ojos y habitar cada movimiento. Sentir cada latido.Hacer consciente lo que muchas veces pasa desapercibido. Porque, a veces, generar bienestar inmediato también es una forma de resistencia.</p>
<p>Pude sentir una energía recorrerme desde las piernas hasta los ojos, me permití <strong>nombrar la locura </strong>al recordar a mi madre cuando me veía desde la ventana de su cuarto, que daba al patio trasero y gritaba: “Hija, vos estás loca, ¿verdad?” Mi madre veía en mí una libertad que ella no me enseñó. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Hoy entiendo que, probablemente, me veía vivir como a ella le hubiera gustado: sin miedo, sin tabúes, sin prejuicios, yendo a contracorriente de lo socialmente esperado. Entonces me pregunto: ¿Alguna vez te han dicho que estás loca? Porque tal vez, en algunos casos, “loca” no es un insulto. Tal vez es otra forma —torpe, imperfecta, pero honesta— de decir: <em>me gusta cómo eres</em>. Una locura que permite avanzar. Que deja bailar, gritar, cantar, llorar, saltar. Una locura que recuerda por qué hago lo que hago. Que transforma la rabia en dignidad. <strong>Usted</strong> que me lee: No olvide darse el espacio, de vez en cuando, para bailar en calzones. Puede parecer mínimo. Pero a veces, ahí —en lo íntimo, en lo libre, en lo aparentemente absurdo— también se construye resistencia y libertad.Y se siente increíble.</p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>Referencias:</font></strong></p>
<p>Haraway, Donna. (2019). <em>Seguir con el problema. Generar parentesco en Chthuluceno</em>. Bilbao: Consonni.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/masculinidad-resentimiento-y-comunidad-incel/16484</guid>
<pubDate>04/10/2026 07:38:00 a. m.</pubDate>
<title>Masculinidad&#44; resentimiento y comunidad incel&#58; Una conversaci&#243;n &#40;segunda parte&#41;</title>
<description>Lo INCEL tiene que ver con un fen&#243;meno m&#225;s grande&#44; con c&#243;mo creamos relaciones&#44; qui&#233;nes somos y qu&#233; valor tenemos como personas&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/10/masculinidad-fe9d8e80-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Masculinidad, resentimiento y comunidad incel: Una conversación (segunda parte)" title="Masculinidad, resentimiento y comunidad incel: Una conversación (segunda parte)"></div><p>Nos quedamos conversando sobre la importancia de atrevernos a nombrar el malestar en primera persona. Hablar francamente sobre la frustración y la impotencia. Que deviene de un cruel juego de extremos entre perdedores y ganadores del que somos parte y que, de cierta forma, nos disminuye. Una contradicción constante que, como diría Víctor Seidler, vivimos los hombres entre el poder y el dolor.</p>
<p>La conversación giraba alrededor de cómo sostener esa complejidad sin diluir la responsabilidad, sin buscar justificaciones ni excusas. Entonces apareció otra pregunta en la mesa: ¿qué pasa cuando incluso las relaciones afectivas empiezan a pensarse con la lógica del mercado?</p>
<p>Nico: Siempre en un mercado van a existir valores. Va a existir lo que vale más y lo que vale menos. Siento que si hemos llegado a percibir —aunque sea inconscientemente— las relaciones como un mercado, también tiene que ver con el mundo en el que crecimos. Un mundo en el que todo es transaccional: yo te doy y tú me das. Así funciona la mayoría de las economías; entonces no me sorprende que la gente empiece a concebir el afecto de esa forma.</p>
<p>Y pues al final del día no me sorprende que la gente empiece a concebir lo que es el amor así, porque uno, está presente en todo lo que hacemos, en absolutamente todo lo que hacemos y dos, es al ser el amor un tema tan complicado y algo tan necesario, pero al mismo tiempo tan complejo, porque es la única cosa en este mundo que no trata nada más de uno mismo, es algo que se vive y se consigue a través del otro, pero no deja de ser de cierta forma algo propio, algo que es para uno mismo.</p>
<p>Retomando la idea de por qué es importante darnos cuenta que se perciba todo esto como un mercado, pues es el hecho de que es una forma fácil de conceptualizar la desigualdad porque existen los valores en un mercado. Y si te sientes en una especie de desigualdad —casi como si estuvieras en un nivel socioeconómico bajo de amor— pues al final te vas a sentir en pobreza. Va a existir una sensación de carencia.</p>
<p>Y esa es prácticamente la queja incel, gente que se siente carente de amor, de algo que creen que se les debe, como si estuviéramos hablando de comida. Y creo que lo más importante sería reconocer que ese amor que uno anhela tanto, al final siempre es algo que uno quiere vivir para uno mismo.</p>
<p>David: Pones sobre la mesa varios puntos. Primero, esta idea de que las relaciones empiezan a pensarse dentro de una lógica transaccional. Y también lo que dices sobre el mercado como una metáfora fácil para entender la desigualdad, quién tiene más, quién tiene menos. Entonces las comunidades incel no parecen funcionar como espacios que cuestionen ese sistema. Más bien pareciera que lo que quieren es insertarse en él, incluso de forma violenta, para acceder a los privilegios que otros hombres ya tienen dentro de esa misma lógica.</p>
<p>Les quiero preguntar… Muchas veces esta ideología se justifica hablando de una supuesta “crisis de la masculinidad”. Como si el problema fuera que los hombres ya no pueden atraer mujeres o acceder a ciertos privilegios.</p>
<p>Juan: Yo siento que cada vez hay más presión social, sobre todo en las nuevas generaciones. Por ejemplo, hoy importa muchísimo el perfil de Instagram. Que si la chica más guapa te va a ver, que si va a revisar tus fotos, tu vida social. Todo eso se vuelve una especie de carta de presentación. Y esa presión es peligrosa porque mucha gente empieza a medir su valor personal con base en eso: cuántos likes tiene, cuántos seguidores, cuántas vistas.</p>
<p>La sociedad exige un estilo de vida muy alto para sentirte valorado. No solo en lo económico, sino también en lo físico, en la apariencia. ¿Y qué pasa cuando no logras eso? Empiezas a sentirte humillado. Viene el aislamiento, la depresión. Y terminas en foros en internet buscando que alguien te escuche.</p>
<p>Nico: Yo la verdad no lo llamaría crisis de masculinidad. Yo diría más bien que es una crisis personal. Porque lo que cada quien concibe como masculinidad es algo que uno mismo construye: con sus valores, con sus ideas, con su forma de entender lo que es ser hombre. No es algo que de repente el mundo te arrebató.</p>
<p>Pero sí creo que hay otra cosa pasando, y no solo con los hombres. Creo que tiene más que ver con la forma en que vivimos hoy. Las personas están más solas que antes, en parte porque ahora tienen la posibilidad de conectarse a un Zoom, por ejemplo. Y eso también nos ha dado la posibilidad de evitar lo incómodo que es convivir con otras personas. Porque convivir con el otro toma esfuerzo, es incómodo, es difícil.</p>
<p>Puedes jugar videojuegos en línea en lugar de salir a jugar con alguien. Puedes comentar una foto en Instagram en lugar de hablar con una amistad cara a cara. Todas esas posibilidades han creado un escenario en el que puedes vivir tu vida sin salir de tu cuarto. Y eso ha contribuido mucho a una crisis de soledad. Una soledad que, en parte, también es auto provocada</p>
<p>Juan: Sí, yo lo veo más como una reacción violenta ante el cuestionamiento del status quo, al sistema de privilegios… la respuesta fuera una doble violencia para tratar de regresar a lo anterior. Mi punto es que sigue escalando la violencia en todos los sentidos. Yo que vengo de provincia, encuentro mucha gente de mente muy cerrada y que la sociedad no acepta fácilmente el feminismo o la homosexualidad. Tristemente, parece no importar el impacto negativo que esto tiene. Y ocurre en todas las edades, no hay un rango de edad específicamente. </p>
<p>Lo INCEL tiene que ver con un fenómeno más grande, con cómo creamos relaciones, quiénes somos y qué valor tenemos como personas. La forma en que vivimos en sociedad hoy en día hace que el amor y el cariño se conviertan en algo que se puede comprar o vender, lo que genera comparaciones y hace que la gente se sienta mal consigo misma. Esto empeora cuando nos sentimos solos y hay mucha presión para encajar. En lugar de cambiar estas cosas, algunas personas se enfadan y tratan de adaptarse a ellas. Por lo tanto, no se trata solo de una crisis de masculinidad, sino de las dificultades que toda persona tiene para conectar con los demás y encontrar nuestro lugar. Empecemos por reconocer este problema y pensar de nuevo en cómo nos tratamos a nosotros mismos y a los demás.</p>
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<author></author>
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<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/menstruacion-digna-rompiendo-el-tabu-y-la-cultura-de-la-verguenza/16497</guid>
<pubDate>04/10/2026 06:51:00 a. m.</pubDate>
<title>Rompiendo el Tab&#250;&#58; La lucha por una menstruaci&#243;n digna</title>
<description>Hablar de menstruaci&#243;n como acto pol&#237;tico para combatir la verg&#252;enza y la desigualdad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/10/menstruacion-digna-dcc2cadf-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Rompiendo el Tabú: La lucha por una menstruación digna" title="Rompiendo el Tabú: La lucha por una menstruación digna"></div><p>Todas hemos sentido ese <strong>miedo</strong>…</p>
<p>El de levantarte de la silla y preguntarle a tu amiga en <strong>voz</strong> baja: “¿te fijas si estoy <strong>manchada</strong>?” Ese instante en el que el cuerpo deja de ser propio y se vuelve una <strong>preocupación pública</strong>. Porque más que aprender a gestionar la menstruación, aprendimos a evitar el “accidente”, a anticiparnos, a revisarnos constantemente, a cuidar que no se note. Aprendimos a gestionar el <strong>miedo</strong> antes que la menstruación.</p>
<p>Y eso no es casual. Es parte de una <strong>cultura</strong> que nos enseñó a vivir la menstruación desde la <strong>vergüenza</strong>. Aunque hoy hablamos de <strong>menstruación digna</strong> y de acceso a productos de gestión menstrual, el tabú no ha desaparecido. La <strong>vergüenza</strong> sigue ahí, instalada en el cuerpo. Esa pena que aprendimos desde niñas, la que nos hizo ocultarnos, creer que menstruar nos “hacía mujeres” y que sangrar cada mes era algo que debía esconderse porque era sucio.</p>
<p>La <strong>incomodidad</strong> no ha desaparecido: sigue instalada en el cuerpo y en la <strong>voz</strong>. Decir “estoy menstruando” frente a otras personas aún incomoda, aún se mide, aún se baja el tono. La <strong>menstruación aún se susurra</strong>. Persiste en la pena de pedir una toalla o de comprarla cuando atiende un hombre.</p>
<p>Pero también habita en otros <strong>silencios</strong> menos nombrados. En la dificultad de <strong>hablar de menstruación</strong> con la pareja, en la idea que nos enseñaron de que el deseo se suspende cuando el cuerpo sangra, de que la menstruación limita el placer y la <strong>vida sexual</strong>. Como si menstruar implicara desaparecer del propio cuerpo. Como si esos días hubiera que esconderse incluso del deseo.</p>
<p>Ese silencio no es casual. Es una forma de <strong>control</strong>…Cuando la menstruación se esconde, se vuelve invisible todo lo que implica. Se borra su <strong>impacto en la vida cotidiana</strong>, en la economía, en la educación y en la salud de millones de mujeres.</p>
<p>En México, la <strong>falta de información</strong> sobre la menstruación sigue siendo una realidad. Siete de cada diez mujeres no tenían información suficiente cuando llegó la <strong>menarquia</strong>. Y en la mayoría de los casos, fueron sus madres quienes asumieron la tarea de explicar lo que las instituciones nunca nombraron. Ahí también se heredaron los miedos: la idea de que usar un tampón podía “quitarte la virginidad”, un mito tan extendido que muchas crecimos sin siquiera saber cómo usar uno. La <strong>desinformación</strong> también es una forma de violencia.</p>
<p>Lo anterior nos demuestra que la menstruación no es solo una experiencia corporal: es una <strong>desigualdad estructural</strong>, porque mientras siga dando pena menstruar, la <strong>dignidad</strong> no es una realidad. Nombrar la menstruación sin <strong>vergüenza</strong> también es una forma de <strong>disputar el espacio público</strong>.</p>
<p>Durante años se nos enseñó que era <strong>sucia</strong>, incómoda, <strong>inapropiada</strong>; que había que ocultarla, disimularla, <strong>normalizar el dolor en silencio</strong>. </p>
<p>Por eso <strong>hablar de menstruación</strong> en <strong>voz</strong> alta sigue <strong>incomodando</strong>. Porque <strong>rompe con una estructura</strong> que ha buscado controlar el cuerpo de las mujeres incluso en sus procesos más naturales.</p>
<p>No porque sea extraordinario, sino porque desafía lo que históricamente se nos enseñó a ocultar. Porque implica dejar de susurrar, dejar de esconder, dejar de sentir <strong>vergüenza</strong> por un proceso que forma parte de la vida.</p>
<p>La menstruación no debería vivirse desde el <strong>miedo</strong> ni desde el silencio, debería ser parte de una <strong>conversación pública</strong>, abierta y <strong>sin estigmas</strong>.</p>
<p><strong>Hablar de menstruación</strong> sin pena es un <strong>acto político</strong>.</p>]]></content:encoded>
<author></author>
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<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/familias-y-discapacidad-la-historia-del-sindrome-de-down/16481</guid>
<pubDate>04/06/2026 02:52:00 p. m.</pubDate>
<title>M&#225;s all&#225; del diagn&#243;stico&#58; el poder de la estimulaci&#243;n temprana en los primeros a&#241;os</title>
<description>Cuando decidimos creer en nuestras ni&#241;as y ni&#241;os&#44; el futuro deja de ser un l&#237;mite y se convierte en una posibilidad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/06/portadas-lcde-3-a3936759-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Más allá del diagnóstico: el poder de la estimulación temprana en los primeros años" title="Más allá del diagnóstico: el poder de la estimulación temprana en los primeros años"></div><p>Cuando estás <strong>embarazada</strong> y te preguntan qué vas a tener, casi como un reflejo automático respondes: “<strong>niño o niña</strong>… lo que sea, pero que venga bien”. Lo decimos sin detenernos a pensar qué significa realmente esa frase. Nunca imaginamos que algo pueda salir distinto a lo planeado ni que pueda transformar nuestra la vida. </p>
<p>Esa fue mi experiencia como mamá de un niño con <strong>síndrome de Down</strong>. </p>
<p>Hace 26 años, cuando la <strong>discapacidad</strong> y la <strong>inclusión</strong> apenas formaban parte de la conversación pública —o quizá muchos no queríamos escuchar porque no lo vivíamos de cerca—, en <strong>Chiapas</strong> los <strong>servicios médicos</strong> y educativos para estas personas eran escasos o prácticamente inexistentes, sin políticas públicas ni programas de apoyo que garantizaran sus derechos.</p>
<p>Recuerdo el día que nació mi hijo. Yo estaba llena de ilusión esperando tener a mi bebé en brazos, nunca imaginé que un pequeño <strong>cromosoma extra</strong> pondría de cabeza todo en casa. Es sorprendente pensar que una diferencia microscópica pueda cambiar para siempre la historia de una <strong>familia</strong>, modificar <strong>sueños</strong> y <strong>expectativas</strong>.</p>
<p>Cuando mi hijo nació yo sabía muy poco sobre el <strong>Síndrome de Down</strong>. Y no por falta de oportunidades. He tenido acceso a estudios, viajes y conocimiento. Simplemente era un mundo que siempre había estado ahí, pero que muchos decidimos no mirar.</p>
<p>La noticia cayó como una cubetada de agua fría.</p>
<p>Hace 26 años también había muy poca <strong>información</strong>. Muchas <strong>familias</strong> vivían lo mismo en silencio. Algunas ocultaban a sus hijos. Otras los sobreprotegían con lo que yo llamo una “<strong>discriminación amorosa</strong>”: “yo te ayudo porque no puedes”, “yo lo hago, porque a ti no te sale”, “yo te cuidaré siempre”.</p>
<p>Eso me aterraba.</p>
<p>Yo había soñado a mi hijo <strong>autónomo</strong>, feliz, desarrollándose en lo que él quisiera. De pronto ese sueño parecía romperse entre frases que muchas <strong>familias</strong> escuchan cuando nace un hijo con <strong>discapacidad</strong>: “lo siento mucho”, “qué pena”, “lo lamentamos por ustedes”, “es un angelito”.</p>
<p>Como muchas madres, tomé una <strong>decisión</strong>: amar profundamente a mi hijo, pero sobre todo <strong>prepararlo para la vida</strong>.</p>
<p>Debía dar el paso más valiente y difícil de mi vida. Como muchas madres, muchas veces en silencio, tomé una <strong>decisión</strong>: amar profundamente a mi hijo, con la enorme fortuna de contar con el padre de mi hijo —un médico pediatra, con una visión clara y científica sobre lo que significaba el <strong>diagnóstico</strong>—, juntos empezamos a <strong>aprender</strong>: libros, cursos, <strong>capacitaciones</strong> y conferencias.</p>
<p>Aprendimos cosas que, en realidad, todos deberíamos saber como parte de nuestra cultura general. No solo para nuestro hijo, sino para convertirnos en una voz que acompañe, informe y dé esperanza a otras <strong>familias</strong>.</p>
<p>En el camino conocí madres extraordinarias, muchas veces luchando solas. También vi el dolor de quienes permanecen años en la negación del <strong>diagnóstico</strong>, atrapados en un duelo que parece no terminar.</p>
<p>Todo eso me enseñó algo fundamental: el <strong>diagnóstico</strong> no puede convertirse en una <strong>sentencia</strong> ni definir el <strong>destino</strong> de un niño. Lo que realmente marca la diferencia es lo que hacemos con ese <strong>diagnóstico</strong>.</p>
<p>He conocido muchos casos y acompañado a <strong>familias</strong> desde el <strong>nacimiento</strong> de sus hijos hasta su adolescencia o adultez joven. Cada historia es distinta. A veces hay tropiezos; otras, <strong>habilidades</strong> que sorprenden. Pero cada logro —por pequeño que parezca— se siente como un triunfo enorme.</p>
<p>Por eso hoy, si alguien llega con un recién nacido en brazos y me pregunta por dónde empezar, mi respuesta es clara: la <strong>estimulación temprana</strong> y <strong>neurológica</strong>, especialmente en los primeros años de vida, cuando el cerebro es una masa moldeable capaz de absorber <strong>información</strong> que servirá durante toda la vida.</p>
<p>También he visto a muchos <strong>niños</strong> con <strong>autismo</strong> que comienzan sus terapias desde muy temprano, y la diferencia es evidente. La intervención oportuna muchas veces marca la línea entre desarrollar o no <strong>habilidades</strong> fundamentales.</p>
<p>Pero hay algo más importante: tatuar en la mente de los padres esos pequeños <strong>logros</strong> del día a día. Una palabra nueva, un paso más firme, un gesto de independencia. Esos avances diminutos se convierten en <strong>metas</strong> de corto, mediano y largo plazo. Cada logro siembra una semilla de <strong>fe</strong> para creer en nuestros hijos.</p>
<p>En Cuenta Conmigo Fundación Down <strong>Chiapas</strong>, la cual forma parte del colectivo <strong>Pacto por la Primera Infancia</strong>, creemos profundamente en algo muy simple: la <strong>educación</strong> y la preparación de las <strong>familias</strong> pueden cambiar el <strong>destino</strong> de las personas. Apostar por los <strong>niños</strong> desde sus primeros años no solo transforma una vida. Transforma el <strong>futuro</strong>.</p>
<p>Porque el <strong>síndrome de Down</strong> no es una <strong>tragedia</strong>, la <strong>tragedia</strong> sería no hacer nada.</p>
<p>He visto también lo que ocurre cuando una <strong>familia</strong> decide <strong>informarse</strong>. Cuando una <strong>comunidad</strong> abre espacios y cuando un niño recibe las <strong>herramientas</strong> que necesita, entonces ocurre algo extraordinario, ese niño que muchos pensaban limitado comienza a sorprendernos, y entendemos algo muy importante: el <strong>potencial humano</strong> siempre es más grande que nuestros prejuicios.</p>
<p>Cuando decidimos creer en nuestras niñas y <strong>niños</strong>, el <strong>futuro</strong> deja de ser un límite y se convierte en una <strong>posibilidad</strong>. </p>]]></content:encoded>
<author></author>
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