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<title>La Cadera de Eva - Voces</title>
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<description>La Cadera de Eva - Voces</description>
<language>es-MX</language>
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<title>La Cadera de Eva</title>
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<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/gentrificacion-en-cdmx-como-impacta-a-las-mujeres-y-los-cuidados/16529</guid>
<pubDate>04/18/2026 09:00:00 a. m.</pubDate>
<title>La ciudad generizada&#44; trabajos de cuidado y gentrificaci&#243;n</title>
<description>En medio de la crisis de vivienda en la Ciudad de M&#233;xico&#44; la gentrificaci&#243;n revela su impacto diferenciado en las mujeres&#46; Entre desalojos&#44; aumento de rentas y una ciudad dise&#241;ada sin perspectiva de cuidados&#44; las mujeres enfrentan mayores obst&#225;culos para sostener su vida cotidiana&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/17/marcha-vs-sheinbaum-2312b797-focus-0-0-1280-720.webp" alt="La ciudad generizada, trabajos de cuidado y gentrificación" title="La ciudad generizada, trabajos de cuidado y gentrificación"></div><p>En los últimos meses, en la Ciudad de México la <strong>gentrificación</strong> ha dejado de ser un concepto académico y ha pasado a formar parte de la jerga cotidiana —en periódicos, televisión, colectivas, partidos, ONGs, revistas, libros—. Ante este auge, se vuelve más común repensar y cuestionar nuestra relación con el mapa urbano y desde dónde se sitúa el cuerpo y la relación que establecemos con la ciudad en términos de clase, racialización, edad, etc.</p>
<p>En medio de esta coyuntura urbana —crisis de vivienda, alza de precios, desplazamiento y segregación—, hace falta profundizar el vínculo entre las mujeres y los fenómenos urbanos. Aquí los feminismos con perspectiva de clase y antirracistas han sido fundamentales, pues, proporcionan pistas clave para entender que el espacio no es neutro, es absolutamente patriarcal.</p>
<p>Valeria de la Vega (2023), señala que en las ciudades patriarcales el espacio no fue pensado para las mujeres ni para la reproducción del trabajo de <strong>cuidado</strong>, sino que su propósito es satisfacer a la producción. Ejemplo de ello es que a pesar de que las ciudades no se produzcan para nosotras el 40% de la movilidad en las ciudades es realizada por mujeres que realizan las tareas de <strong>cuidado</strong> (p.135).</p>
<p>A pesar de que el trabajo de cuidados sea algo sustancial, es infravalorado, siendo una actividad feminizada y no remunerada, de la cual el capital se sostiene para seguir alimentando el modo de producción actual. En otras palabras: las mujeres no son el sujeto principal de planeación urbana, pero tienen que sostener la vida con los cuidados y articular estrategias de supervivencia económica en una ciudad que no está pensada para ellas, siendo el 52.2% de la población en la Ciudad de México.</p>
<p>En otras palabras, las mujeres tenemos que habitar una ciudad, que no fue construida para nosotras. Una ciudad, en la que el promedio de renta es de 21 mil pesos (<a href='https://www.eleconomista.com.mx/econohabitat/precio-promedio-renta-cdmx-llegara-21-000-pesos-20251014-781438.html' target='_blank'>El Economista, 2025</a>) mientras que un salario mínimo es de 9 mil 582 pesos, es decir un salario mínimo no cubre la mitad del promedio de la renta en esta ciudad. En este contexto, los desalojos —como una de las expresiones de la <strong>gentrificación</strong>— han sido un escenario frecuente que implican consecuencias diferenciadas para las mujeres, pérdida de independencia económica, extensión de los desplazamientos que se entrecruzan con las labores de cuidados, y más.</p>


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                                    <h3 class="post__title">¡Vivienda sí, desalojo no!: la SCJN baja el proyecto sobre desalojos</h3>
                                    <div>Por Wanda Pacheco</div>
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<p><em><strong>El caso de Cuba 11</font></strong></em></p>
<p>Un ejemplo de ello han sido las mujeres que resisten en el actual Plantón de Cuba, que, tras ser desalojadas en agosto de 2025, siguen luchando por su vivienda. Sin embargo, han tenido que atravesar dificultades durante el proceso.&nbsp;</p>
<p>En el marco de una investigación en curso, se retomó la entrevista de una persona que sostiene el plantón en Cuba 11, la cual compartió la experiencia de sus compañeras de plantón que, tras el desalojo, tuvieron que modificar sus vidas, rutinas y estrategias para sobrevivir.&nbsp; Cuatro de ellas son madres solteras, una de ellas vendía tamales en la entrada de su edificio; ahora vende a pie de calle, pero perdió el resguardo de sus cosas. Otra tenía un puesto de jugos; ahora no puede atenderlo porque debe cuidar el plantón. El INVI les paga su hotel, pero no aceptan perros y ella no puede estar ahí, lo que implicó la pérdida de su empleo y su independencia económica. Una vecina adulta mayor hacía sellos, vivía al día; ahora debe ir al plantón a atender a clientes, volver a casa a hacer los sellos y regresar a vender. Y dos más que tras el desalojo tienen que desplazarse con sus hijas e hijos a sus casas en Ecatepec y regresar para el <strong>cuidado</strong> del plantón.</p>
<p>&nbsp;El desalojo ha implicado la restricción de sus movimientos y decisiones. Estos proyectos urbanos en nombre del <em>progreso</em> intensifican los desplazamientos. El desalojo no es un evento puntual, es una nueva condición de vida que para ellas se ha reflejado en la elaboración de estrategias de supervivencia, readaptación en las labores de <strong>cuidado</strong>, el&nbsp; abandono de la independencia económica y a la vez de resistencia por el derecho a la vivienda La <strong>gentrificación</strong> no es un destino inevitable, es un proyecto de renovación urbana en una ciudad que se sigue sosteniendo por los trabajos de <strong>cuidado</strong>, y a la par, en nombre del progreso los desplaza sistemáticamente.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/brecha-de-genero-en-congreso-de-colombia/16517</guid>
<pubDate>04/15/2026 09:30:00 a. m.</pubDate>
<title>La brecha de poder en el Congreso colombiano&#58; m&#225;s mujeres&#44; mismos l&#237;mites</title>
<description>Aunque m&#225;s mujeres compiten en la pol&#237;tica colombiana&#44; su llegada efectiva al poder se estanca —e incluso retrocede—&#44; evidenciando que la paridad no se resuelve solo con cifras&#44; sino con condiciones reales de acceso y agendas comprometidas con la igualdad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/14/portadas-lcde-5b97bf0e-focus-0-0-1280-720.webp" alt="La brecha de poder en el Congreso colombiano: más mujeres, mismos límites" title="La brecha de poder en el Congreso colombiano: más mujeres, mismos límites"></div><p><strong>Colombia</strong> enfrenta una paradoja persistente en su democracia, cada vez más mujeres participan en la contienda electoral, pero su presencia efectiva en los espacios de poder no crece al mismo ritmo y, en algunos casos, incluso retrocede. En materia de representación femenina, hay avances que vale la pena destacar: el 40,9 % de las candidaturas al <strong>Congreso</strong> corresponden a mujeres, lo que significa un incremento frente a procesos electorales anteriores.</p>
<p>Este dato no es menor, pues refleja, al menos en el plano formal, una mayor presencia de mujeres en la contienda electoral, impulsada en parte por mecanismos como las listas cerradas y de cremallera, a pesar de las críticas que han suscitado.</p>
<p>Se trata, además, del resultado de décadas de lucha del movimiento de mujeres y del movimiento feminista en <strong>Colombia</strong>, que han promovido reformas legales, acciones afirmativas y transformaciones culturales para abrir espacios en la <strong>política</strong>. La ley de cuotas, la incidencia en los partidos y la presión constante por la paridad han sido claves para que hoy más mujeres puedan aspirar a cargos de elección popular. En ese sentido, el aumento en las candidaturas es una conquista colectiva sostenida en el tiempo.</p>
<p>Sin embargo, al contrastar este avance con los resultados en términos de representación efectiva, es decir las curules obtenidas, la narrativa se complejiza. En medio del proceso de escrutinio y a la espera de la entrega de credenciales por parte de la Registraduría Nacional del Estado Civil, la Misión de Observación Electoral (MOE) advierte un estancamiento en la participación de mujeres en el <strong>Congreso</strong> para el periodo 2026–2030: la representación femenina alcanza el 29,98 %, lo que incluso supone una leve caída frente a las elecciones de 2022. Esto indica que, aunque formalmente se cumple la cuota del 30 %, el dato evidencia un problema estructural y es que persisten barreras en el acceso real de las mujeres a cargos electivos.</p>
<p>La distancia entre candidaturas y resultados pone en evidencia una tensión persistente en la democracia colombiana: no basta con que las mujeres estén en las listas, es necesario que estén en posiciones competitivas y de toma de decisión. La cuota, sin mecanismos efectivos de ubicación y alternancia, puede convertirse en un cumplimiento formal sin impacto sustantivo. En otras palabras, más mujeres compiten, pero no necesariamente más mujeres llegan a los cargos.</p>


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<p>A esta tensión se suma una paradoja aún más compleja. Algunas de las mujeres que sí logran acceder al poder lo hacen desde agendas políticas abiertamente conservadoras o religiosas que, en muchos casos, se oponen a avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, igualdad de género, la lucha contra las múltiples formas de violencias basadas en género e incluso la misma paridad.&nbsp; Incluso, en ocasiones, desconocen o minimizan el papel de los movimientos sociales y feministas en la apertura de estos espacios.</p>
<p>Esto plantea preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué significa realmente avanzar en representación <strong>política</strong>? ¿Es suficiente contar cuántas mujeres hay en el <strong>Congreso</strong> o debemos preguntarnos también qué agendas impulsan y qué derechos están dispuestas a defender? ¿Existe el riesgo de retroceder en materia de igualdad? La presencia de mujeres no garantiza, por sí sola, una representación sustantiva ni la defensa de los derechos de las mujeres. Además, la <strong>política</strong>, e incluso la democracia misma, está atravesada por ideologías, proyectos de sociedad y disputas de poder. Que una mujer ocupe una curul no implica automáticamente un compromiso con la igualdad de género o con otro tipo de derechos. Sin embargo, sí resulta problemático que se desconozca que esas mismas curules son, en gran medida, producto de luchas colectivas que buscaron ampliar derechos para las mujeres, no restringirlos.</p>
<p>En este contexto, el 8M adquiere una carga simbólica particular. Una fecha históricamente asociada a la reivindicación de derechos, la memoria feminista y la exigencia de igualdad coincide con un escenario en el que aumenta la participación formal, pero se estanca&nbsp; (e incluso retrocede), la representación efectiva. A ello se suma la posibilidad de que lleguen al <strong>Congreso</strong> personas con agendas regresivas, lo que evidencia tensiones no resueltas en torno a la igualdad <strong>política</strong> y el avance de sectores conservadores.</p>
<p>Aun así, es necesario reconocer que el hecho de que el 40,9 % de las candidaturas esté compuesto por mujeres es un logro significativo, independientemente de la orilla <strong>política</strong> de la que haga parte. Pero también es un recordatorio de que la igualdad no se agota en los números y tampoco es una responsabilidad exclusiva de las mujeres. La democracia paritaria no solo implica abrir las puertas, sino garantizar que las mujeres puedan atravesarlas en condiciones reales de competencia y ejercer el poder en contextos que no reproduzcan las desigualdades que históricamente las han excluido.</p>
<p>El desafío, entonces, es doble. Por un lado, fortalecer los mecanismos que además de asegurar la inclusión, también sostengan la efectividad de la participación <strong>política</strong> de las mujeres: listas paritarias, alternancia real, garantías dentro de los partidos y eliminación de violencias basadas en género dentro de estos. Por otro lado, promover una representación que avance en la garantía de derechos para mujeres, niñas y otras poblaciones históricamente discriminadas.</p>
<p>Quizás, en medio de estas tensiones, el <strong>Congreso</strong> 2026–2030, aun con menos mujeres, termine debatiendo de fondo la paridad <strong>política</strong> y comprometiéndose con la protección de la autonomía reproductiva de las mujeres, como condición para el ejercicio de la ciudadanía plena en una sociedad democrática. Y eso, en sí mismo, no dejaría de ser una nueva paradoja.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/tejer-amistad-generar-parentescos-politicas-feministas/16510</guid>
<pubDate>04/13/2026 06:22:00 p. m.</pubDate>
<title>Danzar nuestras libertades&#58; pol&#237;ticas feminista del cuerpo y los afectos</title>
<description>Entre la amistad&#44; el cuerpo y los afectos&#44; este texto propone una mirada &#237;ntima del feminismo como pr&#225;ctica cotidiana de resistencia&#46; Desde el baile&#44; la risa y el cansancio&#44; se reivindican los gestos m&#237;nimos como actos pol&#237;ticos que sostienen la dignidad y la libertad&#46;

</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/14/torneo-mujeres-libres-en-el-futbol-9d9b1b85-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Danzar nuestras libertades: políticas feminista del cuerpo y los afectos" title="Danzar nuestras libertades: políticas feminista del cuerpo y los afectos"></div><p><strong><em>Tejer <strong>amistad</strong>, generar parentescos</font></em></strong></p>
<p>Por Angélica Dávila Landa</p>
<p><a name="_heading=h.p821ctvpnhus" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a>&nbsp;Tomé con mucha fuerza el tubo del camión, conducido a toda velocidad, para asomarme por la ventana y no caerme en el intento. Era la primera vez que iba a la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y quería ver si lograba ver a la distancia la facultad a la que tenía que llegar. De pronto, alguien muy amable me preguntó por el mismo lugar que era mi destino. “No sé, pero yo también voy para allá, ahorita lo buscamos”. Era Larissa Paissano, una mujer negra miskitu de Honduras que, con su pelo rizado y su voz suave, me confirió confianza y compañía. Resultó que las dos íbamos al mismo salón en el mismo edificio. Y desde entonces, comenzamos a volvernos amigas en esa ciudad que era nueva para las dos.</p>
<p><a name="_heading=h.511g48maezwn" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a>En la calidez de nuestra <strong>amistad</strong> y trabajo compartido, Larissa me ha enseñado muchísimo sobre cómo vivir un <strong>feminismo</strong> encarnado, afectivo y honesto con nosotras mismas y los demás. Siempre que hablo con ella enuncia una frase -“mi cuerpo siente, mi cuerpo dice”- para compartirme sus sentidos del mundo, de la vida y de la justicia. Con el paso del tiempo, como dice Donna Haraway (2019), además, hemos generado parentesco entre nosotras para aprender a cuidarnos y a sostener interdependientemente nuestras vidas, alegrías y dolores. Hoy quiero compartirles algunas de sus bellas reflexiones feministas que surgen del cuerpo y del afecto para mostrarnos que, en quienes somos, ya sostenemos ensayos de mundos más justos y más libres. Te quiero mucho Larissa, gracias por dejarnos leerte.</p>
<p><a name="_heading=h.xxbsyy370r0s" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a><strong>&nbsp;</strong></p>


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                                    <div>Por Daniela Razo Martínez</div>
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<p><a name="_heading=h.cireabv46a5j" title="" target="_blank" rel="nofollow noopener noreferrer"></a><strong><em>Bailar en calzones: una forma de dignidad feminista</font></em></strong></p>
<p>Por Ana Larissa Paisano Amaya</p>
<p>Hoy, muy temprano, mientras estaba en casa, descalza y en calzones, decidí poner una rolita (canción). Y pasó lo inevitable: comencé a bailar como desquiciada. Salté con los ojos cerrados, reí sin contener mi carcajada —de esa que quienes me conocen reconocen de inmediato—, esa risa que sale desde lo más profundo. Reír con toda la intensidad del ser.&nbsp; ¿Alguna vez lo han intentado? <strong>Esa conexión entre el cansancio y la conciencia me</strong> recuerda quién soy; mujer negra indígena de Honduras, colaborando en una Asociación Civil en tierras mexicanas que trabaja por una cultura de paz con niñas, niños, adolescentes y mujeres. Lo hacemos a través de distintos ejes: derechos digitales, derecho al cuidado, prevención del acoso y hostigamiento sexual en espacios escolares y laborales. Se hacen cosas lindas. O como dicen acá en México: cosas <em>chidas</em>. Este año retomamos la agenda de talleres y charlas.</p>
<p>Con ello, vino también la tarea de gestionar espacios con instituciones educativas públicas: visitas, reuniones, solicitudes, seguimiento. La intención es clara: generar diálogo sobre el derecho a la conexión y los cuidados frente a la violencia digital. Pero el proceso ha sido agotador. Reuniones pospuestas, eventos cancelados sin previo aviso y el ya conocido “dejar en visto”. Un <em>ghosteo</em> Estatal que muchas personas conocen bien. Se siente feo, ¿verdad? En lo personal, me atraviesa la rabia y la impotencia. Todo se acumula en el cuerpo, en las vísceras. Frente a ese desgaste, decidí hacer algo distinto: cuidar lo que siento. <strong>Hice memoria de mi cuerpo como territorio de resistencia; </strong>madrugué para bailar, cantar, saltar, cerrar los ojos y habitar cada movimiento. Sentir cada latido.Hacer consciente lo que muchas veces pasa desapercibido. Porque, a veces, generar bienestar inmediato también es una forma de resistencia.</p>
<p>Pude sentir una energía recorrerme desde las piernas hasta los ojos, me permití <strong>nombrar la locura </strong>al recordar a mi madre cuando me veía desde la ventana de su cuarto, que daba al patio trasero y gritaba: “Hija, vos estás loca, ¿verdad?” Mi madre veía en mí una libertad que ella no me enseñó. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo. Hoy entiendo que, probablemente, me veía vivir como a ella le hubiera gustado: sin miedo, sin tabúes, sin prejuicios, yendo a contracorriente de lo socialmente esperado. Entonces me pregunto: ¿Alguna vez te han dicho que estás loca? Porque tal vez, en algunos casos, “loca” no es un insulto. Tal vez es otra forma —torpe, imperfecta, pero honesta— de decir: <em>me gusta cómo eres</em>. Una locura que permite avanzar. Que deja bailar, gritar, cantar, llorar, saltar. Una locura que recuerda por qué hago lo que hago. Que transforma la rabia en dignidad. <strong>Usted</strong> que me lee: No olvide darse el espacio, de vez en cuando, para bailar en calzones. Puede parecer mínimo. Pero a veces, ahí —en lo íntimo, en lo libre, en lo aparentemente absurdo— también se construye resistencia y libertad.Y se siente increíble.</p>
<p><strong>&nbsp;</strong></p>
<p><strong>Referencias:</font></strong></p>
<p>Haraway, Donna. (2019). <em>Seguir con el problema. Generar parentesco en Chthuluceno</em>. Bilbao: Consonni.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/masculinidad-resentimiento-y-comunidad-incel/16484</guid>
<pubDate>04/10/2026 07:38:00 a. m.</pubDate>
<title>Masculinidad&#44; resentimiento y comunidad incel&#58; Una conversaci&#243;n &#40;segunda parte&#41;</title>
<description>Lo INCEL tiene que ver con un fen&#243;meno m&#225;s grande&#44; con c&#243;mo creamos relaciones&#44; qui&#233;nes somos y qu&#233; valor tenemos como personas&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/10/masculinidad-fe9d8e80-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Masculinidad, resentimiento y comunidad incel: Una conversación (segunda parte)" title="Masculinidad, resentimiento y comunidad incel: Una conversación (segunda parte)"></div><p>Nos quedamos conversando sobre la importancia de atrevernos a nombrar el malestar en primera persona. Hablar francamente sobre la frustración y la impotencia. Que deviene de un cruel juego de extremos entre perdedores y ganadores del que somos parte y que, de cierta forma, nos disminuye. Una contradicción constante que, como diría Víctor Seidler, vivimos los hombres entre el poder y el dolor.</p>
<p>La conversación giraba alrededor de cómo sostener esa complejidad sin diluir la responsabilidad, sin buscar justificaciones ni excusas. Entonces apareció otra pregunta en la mesa: ¿qué pasa cuando incluso las relaciones afectivas empiezan a pensarse con la lógica del mercado?</p>
<p>Nico: Siempre en un mercado van a existir valores. Va a existir lo que vale más y lo que vale menos. Siento que si hemos llegado a percibir —aunque sea inconscientemente— las relaciones como un mercado, también tiene que ver con el mundo en el que crecimos. Un mundo en el que todo es transaccional: yo te doy y tú me das. Así funciona la mayoría de las economías; entonces no me sorprende que la gente empiece a concebir el afecto de esa forma.</p>
<p>Y pues al final del día no me sorprende que la gente empiece a concebir lo que es el amor así, porque uno, está presente en todo lo que hacemos, en absolutamente todo lo que hacemos y dos, es al ser el amor un tema tan complicado y algo tan necesario, pero al mismo tiempo tan complejo, porque es la única cosa en este mundo que no trata nada más de uno mismo, es algo que se vive y se consigue a través del otro, pero no deja de ser de cierta forma algo propio, algo que es para uno mismo.</p>
<p>Retomando la idea de por qué es importante darnos cuenta que se perciba todo esto como un mercado, pues es el hecho de que es una forma fácil de conceptualizar la desigualdad porque existen los valores en un mercado. Y si te sientes en una especie de desigualdad —casi como si estuvieras en un nivel socioeconómico bajo de amor— pues al final te vas a sentir en pobreza. Va a existir una sensación de carencia.</p>
<p>Y esa es prácticamente la queja incel, gente que se siente carente de amor, de algo que creen que se les debe, como si estuviéramos hablando de comida. Y creo que lo más importante sería reconocer que ese amor que uno anhela tanto, al final siempre es algo que uno quiere vivir para uno mismo.</p>
<p>David: Pones sobre la mesa varios puntos. Primero, esta idea de que las relaciones empiezan a pensarse dentro de una lógica transaccional. Y también lo que dices sobre el mercado como una metáfora fácil para entender la desigualdad, quién tiene más, quién tiene menos. Entonces las comunidades incel no parecen funcionar como espacios que cuestionen ese sistema. Más bien pareciera que lo que quieren es insertarse en él, incluso de forma violenta, para acceder a los privilegios que otros hombres ya tienen dentro de esa misma lógica.</p>
<p>Les quiero preguntar… Muchas veces esta ideología se justifica hablando de una supuesta “crisis de la masculinidad”. Como si el problema fuera que los hombres ya no pueden atraer mujeres o acceder a ciertos privilegios.</p>
<p>Juan: Yo siento que cada vez hay más presión social, sobre todo en las nuevas generaciones. Por ejemplo, hoy importa muchísimo el perfil de Instagram. Que si la chica más guapa te va a ver, que si va a revisar tus fotos, tu vida social. Todo eso se vuelve una especie de carta de presentación. Y esa presión es peligrosa porque mucha gente empieza a medir su valor personal con base en eso: cuántos likes tiene, cuántos seguidores, cuántas vistas.</p>
<p>La sociedad exige un estilo de vida muy alto para sentirte valorado. No solo en lo económico, sino también en lo físico, en la apariencia. ¿Y qué pasa cuando no logras eso? Empiezas a sentirte humillado. Viene el aislamiento, la depresión. Y terminas en foros en internet buscando que alguien te escuche.</p>
<p>Nico: Yo la verdad no lo llamaría crisis de masculinidad. Yo diría más bien que es una crisis personal. Porque lo que cada quien concibe como masculinidad es algo que uno mismo construye: con sus valores, con sus ideas, con su forma de entender lo que es ser hombre. No es algo que de repente el mundo te arrebató.</p>
<p>Pero sí creo que hay otra cosa pasando, y no solo con los hombres. Creo que tiene más que ver con la forma en que vivimos hoy. Las personas están más solas que antes, en parte porque ahora tienen la posibilidad de conectarse a un Zoom, por ejemplo. Y eso también nos ha dado la posibilidad de evitar lo incómodo que es convivir con otras personas. Porque convivir con el otro toma esfuerzo, es incómodo, es difícil.</p>
<p>Puedes jugar videojuegos en línea en lugar de salir a jugar con alguien. Puedes comentar una foto en Instagram en lugar de hablar con una amistad cara a cara. Todas esas posibilidades han creado un escenario en el que puedes vivir tu vida sin salir de tu cuarto. Y eso ha contribuido mucho a una crisis de soledad. Una soledad que, en parte, también es auto provocada</p>
<p>Juan: Sí, yo lo veo más como una reacción violenta ante el cuestionamiento del status quo, al sistema de privilegios… la respuesta fuera una doble violencia para tratar de regresar a lo anterior. Mi punto es que sigue escalando la violencia en todos los sentidos. Yo que vengo de provincia, encuentro mucha gente de mente muy cerrada y que la sociedad no acepta fácilmente el feminismo o la homosexualidad. Tristemente, parece no importar el impacto negativo que esto tiene. Y ocurre en todas las edades, no hay un rango de edad específicamente. </p>
<p>Lo INCEL tiene que ver con un fenómeno más grande, con cómo creamos relaciones, quiénes somos y qué valor tenemos como personas. La forma en que vivimos en sociedad hoy en día hace que el amor y el cariño se conviertan en algo que se puede comprar o vender, lo que genera comparaciones y hace que la gente se sienta mal consigo misma. Esto empeora cuando nos sentimos solos y hay mucha presión para encajar. En lugar de cambiar estas cosas, algunas personas se enfadan y tratan de adaptarse a ellas. Por lo tanto, no se trata solo de una crisis de masculinidad, sino de las dificultades que toda persona tiene para conectar con los demás y encontrar nuestro lugar. Empecemos por reconocer este problema y pensar de nuevo en cómo nos tratamos a nosotros mismos y a los demás.</p>
]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
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<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/menstruacion-digna-rompiendo-el-tabu-y-la-cultura-de-la-verguenza/16497</guid>
<pubDate>04/10/2026 06:51:00 a. m.</pubDate>
<title>Rompiendo el Tab&#250;&#58; La lucha por una menstruaci&#243;n digna</title>
<description>Hablar de menstruaci&#243;n como acto pol&#237;tico para combatir la verg&#252;enza y la desigualdad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/10/menstruacion-digna-dcc2cadf-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Rompiendo el Tabú: La lucha por una menstruación digna" title="Rompiendo el Tabú: La lucha por una menstruación digna"></div><p>Todas hemos sentido ese <strong>miedo</strong>…</p>
<p>El de levantarte de la silla y preguntarle a tu amiga en <strong>voz</strong> baja: “¿te fijas si estoy <strong>manchada</strong>?” Ese instante en el que el cuerpo deja de ser propio y se vuelve una <strong>preocupación pública</strong>. Porque más que aprender a gestionar la menstruación, aprendimos a evitar el “accidente”, a anticiparnos, a revisarnos constantemente, a cuidar que no se note. Aprendimos a gestionar el <strong>miedo</strong> antes que la menstruación.</p>
<p>Y eso no es casual. Es parte de una <strong>cultura</strong> que nos enseñó a vivir la menstruación desde la <strong>vergüenza</strong>. Aunque hoy hablamos de <strong>menstruación digna</strong> y de acceso a productos de gestión menstrual, el tabú no ha desaparecido. La <strong>vergüenza</strong> sigue ahí, instalada en el cuerpo. Esa pena que aprendimos desde niñas, la que nos hizo ocultarnos, creer que menstruar nos “hacía mujeres” y que sangrar cada mes era algo que debía esconderse porque era sucio.</p>
<p>La <strong>incomodidad</strong> no ha desaparecido: sigue instalada en el cuerpo y en la <strong>voz</strong>. Decir “estoy menstruando” frente a otras personas aún incomoda, aún se mide, aún se baja el tono. La <strong>menstruación aún se susurra</strong>. Persiste en la pena de pedir una toalla o de comprarla cuando atiende un hombre.</p>
<p>Pero también habita en otros <strong>silencios</strong> menos nombrados. En la dificultad de <strong>hablar de menstruación</strong> con la pareja, en la idea que nos enseñaron de que el deseo se suspende cuando el cuerpo sangra, de que la menstruación limita el placer y la <strong>vida sexual</strong>. Como si menstruar implicara desaparecer del propio cuerpo. Como si esos días hubiera que esconderse incluso del deseo.</p>
<p>Ese silencio no es casual. Es una forma de <strong>control</strong>…Cuando la menstruación se esconde, se vuelve invisible todo lo que implica. Se borra su <strong>impacto en la vida cotidiana</strong>, en la economía, en la educación y en la salud de millones de mujeres.</p>
<p>En México, la <strong>falta de información</strong> sobre la menstruación sigue siendo una realidad. Siete de cada diez mujeres no tenían información suficiente cuando llegó la <strong>menarquia</strong>. Y en la mayoría de los casos, fueron sus madres quienes asumieron la tarea de explicar lo que las instituciones nunca nombraron. Ahí también se heredaron los miedos: la idea de que usar un tampón podía “quitarte la virginidad”, un mito tan extendido que muchas crecimos sin siquiera saber cómo usar uno. La <strong>desinformación</strong> también es una forma de violencia.</p>
<p>Lo anterior nos demuestra que la menstruación no es solo una experiencia corporal: es una <strong>desigualdad estructural</strong>, porque mientras siga dando pena menstruar, la <strong>dignidad</strong> no es una realidad. Nombrar la menstruación sin <strong>vergüenza</strong> también es una forma de <strong>disputar el espacio público</strong>.</p>
<p>Durante años se nos enseñó que era <strong>sucia</strong>, incómoda, <strong>inapropiada</strong>; que había que ocultarla, disimularla, <strong>normalizar el dolor en silencio</strong>. </p>
<p>Por eso <strong>hablar de menstruación</strong> en <strong>voz</strong> alta sigue <strong>incomodando</strong>. Porque <strong>rompe con una estructura</strong> que ha buscado controlar el cuerpo de las mujeres incluso en sus procesos más naturales.</p>
<p>No porque sea extraordinario, sino porque desafía lo que históricamente se nos enseñó a ocultar. Porque implica dejar de susurrar, dejar de esconder, dejar de sentir <strong>vergüenza</strong> por un proceso que forma parte de la vida.</p>
<p>La menstruación no debería vivirse desde el <strong>miedo</strong> ni desde el silencio, debería ser parte de una <strong>conversación pública</strong>, abierta y <strong>sin estigmas</strong>.</p>
<p><strong>Hablar de menstruación</strong> sin pena es un <strong>acto político</strong>.</p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/familias-y-discapacidad-la-historia-del-sindrome-de-down/16481</guid>
<pubDate>04/06/2026 02:52:00 p. m.</pubDate>
<title>M&#225;s all&#225; del diagn&#243;stico&#58; el poder de la estimulaci&#243;n temprana en los primeros a&#241;os</title>
<description>Cuando decidimos creer en nuestras ni&#241;as y ni&#241;os&#44; el futuro deja de ser un l&#237;mite y se convierte en una posibilidad&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/04/06/portadas-lcde-3-a3936759-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Más allá del diagnóstico: el poder de la estimulación temprana en los primeros años" title="Más allá del diagnóstico: el poder de la estimulación temprana en los primeros años"></div><p>Cuando estás <strong>embarazada</strong> y te preguntan qué vas a tener, casi como un reflejo automático respondes: “<strong>niño o niña</strong>… lo que sea, pero que venga bien”. Lo decimos sin detenernos a pensar qué significa realmente esa frase. Nunca imaginamos que algo pueda salir distinto a lo planeado ni que pueda transformar nuestra la vida. </p>
<p>Esa fue mi experiencia como mamá de un niño con <strong>síndrome de Down</strong>. </p>
<p>Hace 26 años, cuando la <strong>discapacidad</strong> y la <strong>inclusión</strong> apenas formaban parte de la conversación pública —o quizá muchos no queríamos escuchar porque no lo vivíamos de cerca—, en <strong>Chiapas</strong> los <strong>servicios médicos</strong> y educativos para estas personas eran escasos o prácticamente inexistentes, sin políticas públicas ni programas de apoyo que garantizaran sus derechos.</p>
<p>Recuerdo el día que nació mi hijo. Yo estaba llena de ilusión esperando tener a mi bebé en brazos, nunca imaginé que un pequeño <strong>cromosoma extra</strong> pondría de cabeza todo en casa. Es sorprendente pensar que una diferencia microscópica pueda cambiar para siempre la historia de una <strong>familia</strong>, modificar <strong>sueños</strong> y <strong>expectativas</strong>.</p>
<p>Cuando mi hijo nació yo sabía muy poco sobre el <strong>Síndrome de Down</strong>. Y no por falta de oportunidades. He tenido acceso a estudios, viajes y conocimiento. Simplemente era un mundo que siempre había estado ahí, pero que muchos decidimos no mirar.</p>
<p>La noticia cayó como una cubetada de agua fría.</p>
<p>Hace 26 años también había muy poca <strong>información</strong>. Muchas <strong>familias</strong> vivían lo mismo en silencio. Algunas ocultaban a sus hijos. Otras los sobreprotegían con lo que yo llamo una “<strong>discriminación amorosa</strong>”: “yo te ayudo porque no puedes”, “yo lo hago, porque a ti no te sale”, “yo te cuidaré siempre”.</p>
<p>Eso me aterraba.</p>
<p>Yo había soñado a mi hijo <strong>autónomo</strong>, feliz, desarrollándose en lo que él quisiera. De pronto ese sueño parecía romperse entre frases que muchas <strong>familias</strong> escuchan cuando nace un hijo con <strong>discapacidad</strong>: “lo siento mucho”, “qué pena”, “lo lamentamos por ustedes”, “es un angelito”.</p>
<p>Como muchas madres, tomé una <strong>decisión</strong>: amar profundamente a mi hijo, pero sobre todo <strong>prepararlo para la vida</strong>.</p>
<p>Debía dar el paso más valiente y difícil de mi vida. Como muchas madres, muchas veces en silencio, tomé una <strong>decisión</strong>: amar profundamente a mi hijo, con la enorme fortuna de contar con el padre de mi hijo —un médico pediatra, con una visión clara y científica sobre lo que significaba el <strong>diagnóstico</strong>—, juntos empezamos a <strong>aprender</strong>: libros, cursos, <strong>capacitaciones</strong> y conferencias.</p>
<p>Aprendimos cosas que, en realidad, todos deberíamos saber como parte de nuestra cultura general. No solo para nuestro hijo, sino para convertirnos en una voz que acompañe, informe y dé esperanza a otras <strong>familias</strong>.</p>
<p>En el camino conocí madres extraordinarias, muchas veces luchando solas. También vi el dolor de quienes permanecen años en la negación del <strong>diagnóstico</strong>, atrapados en un duelo que parece no terminar.</p>
<p>Todo eso me enseñó algo fundamental: el <strong>diagnóstico</strong> no puede convertirse en una <strong>sentencia</strong> ni definir el <strong>destino</strong> de un niño. Lo que realmente marca la diferencia es lo que hacemos con ese <strong>diagnóstico</strong>.</p>
<p>He conocido muchos casos y acompañado a <strong>familias</strong> desde el <strong>nacimiento</strong> de sus hijos hasta su adolescencia o adultez joven. Cada historia es distinta. A veces hay tropiezos; otras, <strong>habilidades</strong> que sorprenden. Pero cada logro —por pequeño que parezca— se siente como un triunfo enorme.</p>
<p>Por eso hoy, si alguien llega con un recién nacido en brazos y me pregunta por dónde empezar, mi respuesta es clara: la <strong>estimulación temprana</strong> y <strong>neurológica</strong>, especialmente en los primeros años de vida, cuando el cerebro es una masa moldeable capaz de absorber <strong>información</strong> que servirá durante toda la vida.</p>
<p>También he visto a muchos <strong>niños</strong> con <strong>autismo</strong> que comienzan sus terapias desde muy temprano, y la diferencia es evidente. La intervención oportuna muchas veces marca la línea entre desarrollar o no <strong>habilidades</strong> fundamentales.</p>
<p>Pero hay algo más importante: tatuar en la mente de los padres esos pequeños <strong>logros</strong> del día a día. Una palabra nueva, un paso más firme, un gesto de independencia. Esos avances diminutos se convierten en <strong>metas</strong> de corto, mediano y largo plazo. Cada logro siembra una semilla de <strong>fe</strong> para creer en nuestros hijos.</p>
<p>En Cuenta Conmigo Fundación Down <strong>Chiapas</strong>, la cual forma parte del colectivo <strong>Pacto por la Primera Infancia</strong>, creemos profundamente en algo muy simple: la <strong>educación</strong> y la preparación de las <strong>familias</strong> pueden cambiar el <strong>destino</strong> de las personas. Apostar por los <strong>niños</strong> desde sus primeros años no solo transforma una vida. Transforma el <strong>futuro</strong>.</p>
<p>Porque el <strong>síndrome de Down</strong> no es una <strong>tragedia</strong>, la <strong>tragedia</strong> sería no hacer nada.</p>
<p>He visto también lo que ocurre cuando una <strong>familia</strong> decide <strong>informarse</strong>. Cuando una <strong>comunidad</strong> abre espacios y cuando un niño recibe las <strong>herramientas</strong> que necesita, entonces ocurre algo extraordinario, ese niño que muchos pensaban limitado comienza a sorprendernos, y entendemos algo muy importante: el <strong>potencial humano</strong> siempre es más grande que nuestros prejuicios.</p>
<p>Cuando decidimos creer en nuestras niñas y <strong>niños</strong>, el <strong>futuro</strong> deja de ser un límite y se convierte en una <strong>posibilidad</strong>. </p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/la-brecha-de-aprendizaje-laboral-afecta-a-las-mujeres/16457</guid>
<pubDate>03/31/2026 02:00:00 p. m.</pubDate>
<title>La brecha de aprendizaje laboral limita el crecimiento de las mujeres</title>
<description>Las mujeres acceden menos a capacitaci&#243;n y enfrentan m&#225;s obst&#225;culos para aplicar lo aprendido en el &#225;mbito laboral&#44; lo que limita su productividad y crecimiento&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/03/30/portadas-lcde-8651c807-focus-0-0-1280-720.webp" alt="La brecha de aprendizaje laboral limita el crecimiento de las mujeres" title="La brecha de aprendizaje laboral limita el crecimiento de las mujeres"></div><p>Por años, la conversación sobre la participación de las mujeres en el mundo laboral se ha centrado en dos grandes temas. Por un lado, el acceso de las mujeres al trabajo y a oportunidades laborales como puestos de liderazgo, y por otro, la brecha salarial que persiste entre hombres y mujeres.</p>
<p>En ese contexto, la capacitación suele presentarse como una de las herramientas más poderosas para cerrar brechas. En un mercado laboral que cambia con rapidez, aprender nuevas habilidades es clave para mejorar la productividad, acceder a mejores posiciones y mantenerse vigente profesionalmente.</p>
<p>Sin embargo, los datos muestran que el acceso a estas oportunidades todavía sigue siendo <strong>desigual</strong>. De acuerdo con la Radiografía de las Mujeres en el Trabajo de Buk, plataforma de Recursos Humanos, en América Latina alrededor del 45% de los hombres reporta haber participado en alguna capacitación durante el último año, frente al 40% de las mujeres.</p>
<p>Incluso cuando las mujeres logran acceder a formación, aparece otra desigualdad menos visible y, por ende, menos difícil de identificar. El entorno de trabajo no siempre les permite aplicar lo aprendido de la misma manera que a los hombres. Y cuando el aprendizaje no puede ponerse en práctica, su impacto en productividad y eficiencia se reduce.</p>
<p>Los datos sobre el retorno del aprendizaje muestran con claridad esta diferencia. Entre los colaboradores que se capacitaron durante el último año, 38% de los hombres reporta mejoras en productividad y eficiencia después de la capacitación; mientras que en el caso de las mujeres esa cifra cae a 29%. Esta diferencia persiste incluso entre puestos de liderazgo, donde el 40% de los hombres reporta haber mejorado su productividad tras capacitarse, frente a sólo el  33% de las mujeres.</p>
<p>El estrés y la sobrecarga laboral son algunos de los principales factores que frenan la productividad de las mujeres, así lo considera el 43% de las colaboradoras en la región. Cuando el trabajo cotidiano está marcado por interrupciones constantes, múltiples responsabilidades o presión permanente por cumplir tareas operativas, el espacio para aplicar nuevas habilidades simplemente desaparece.</p>
<p>Desde la perspectiva de las organizaciones, esto representa un costo silencioso. Si bien la capacitación es una de las principales inversiones en capital humano, si el entorno laboral no permite que las mujeres utilicen lo aprendido para mejorar procesos, tomar mejores decisiones o innovar en su trabajo, el retorno de esa inversión se diluye significativamente.</p>
<p>Además, si las mujeres tienen menos posibilidades de convertir el aprendizaje en mejoras visibles de eficiencia o resultados, también tienen menos oportunidades de demostrar ese progreso en evaluaciones de desempeño. Con el tiempo, esto puede traducirse en menores niveles de reconocimiento, menos acceso a proyectos estratégicos y menor probabilidad de promoción. Si esta dinámica se mantiene, las brechas iniciales no solo persisten, sino que se amplían a lo largo de la trayectoria laboral.</p>
<p>El desafío para las organizaciones no se limita a ofrecer más programas de capacitación. También es necesario crear condiciones para que ese aprendizaje pueda convertirse en resultados concretos.</p>
<p>Un primer paso consiste en revisar la carga operativa que enfrentan los equipos, particularmente las mujeres. Cuando las personas trabajan constantemente al límite de su capacidad, la mejora continua y la innovación se vuelven prácticamente imposibles.</p>
<p>También es clave vincular los programas de capacitación con proyectos específicos dentro de la organización, esto aumenta significativamente la probabilidad de que el conocimiento adquirido se aplique en la práctica.</p>
<p>Otro paso importante es medir el impacto real del aprendizaje, a través de indicadores como mejoras en productividad, eficiencia operativa o calidad del trabajo, más allá de la asistencia o la satisfacción de los participantes.</p>
<p>Finalmente, las empresas deben avanzar hacia entornos laborales que faciliten el uso del conocimiento. Esto implica dar mayor autonomía para implementar mejoras, reservar tiempo dentro de la jornada para aplicar nuevas habilidades y reconocer explícitamente las contribuciones que surgen de la capacitación.</p>
<p>Cerrar las brechas de <strong>género</strong> en el trabajo no significa únicamente ampliar el acceso a oportunidades. También implica garantizar que todas las personas tengan las condiciones necesarias para aprovechar esas oportunidades y transformar el aprendizaje en resultados reales.</p>
<p><br></p>]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/salud-integral-en-menopausia-mujeres-y-cambios-fisiologicos/16439</guid>
<pubDate>03/26/2026 06:49:00 a. m.</pubDate>
<title>Cuando el cuerpo cambia y nadie habla de ello&#58; la menopausia</title>
<description>La menopausia sigue siendo una conversaci&#243;n pendiente en la medicina y en la sociedad&#46; Es hora de romper el silencio&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/03/26/portadas-lcde-2-990291a6-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Cuando el cuerpo cambia y nadie habla de ello: la menopausia" title="Cuando el cuerpo cambia y nadie habla de ello: la menopausia"></div><p>“Es la edad”, “se te va a pasar”, “tu perfil hormonal está normal”, “te estás volviendo loca”. Estas son frases que miles de mujeres han escuchado mientras transitan por la menopausia. Frases que yo escucho todos los días en el consultorio y que no explican nada, que invalidan y que silencian a las mujeres. Frases que reflejan el abandono estructural de nuestro sistema de salud hacia la mujer cuando su cuerpo cambia. </p>
<p>La menopausia es un proceso natural y fisiológico en la vida de todas las mujeres. No es una enfermedad. Es una transición que marca el fin de la etapa reproductiva. Sin embargo, el modelo biomédico – centrado históricamente en lo masculino, lo productivo – ha dejado de lado esta etapa. Este silencio es la consecuencia de una estructura patriarcal que considera invisible a las mujeres cuando dejan de ser fértiles. </p>
<p>Desde la formación médica, los contenidos sobre menopausia suelen ser mínimos. Pocas universidades incluyen educación con perspectiva de género sobre esta etapa. En los consultorios, muchas mujeres se topan con personal de salud que desconoce los síntomas, que minimiza el malestar o que incluso las ignora. La mujer transitando la menopausia – con insomnio, bochornos, ansiedad, cambios en su sexualidad, dolores articulares o sensación de pérdida de identidad – es enviada a casa con un “échale ganas” o, en el mejor de los casos, una receta con antidepresivos. </p>
<p>Esa falta de formación y sensibilidad se traduce en un sistema de salud que no acompaña, que no escucha, que no informa. Las mujeres no hablan del tema con sus parejas, con sus hijas, con sus amigas, porque sienten vergüenza, porque creen que lo que les pasa “es normal” o “no es tan grave”. Y así, la experiencia de transitar esta etapa se vuelve solitaria, dolorosa, marcada por estigmas y por una violencia estructural que se expresa en la omisión. </p>
<p>La menopausia, además, no es solo una cuestión de hormonas. Es un fenómeno biopsicosocial. Involucra la vida sexual, la salud mental, el trabajo, la autonomía económica y la autoestima. Sin embargo, sigue siendo una conversación pendiente en las políticas públicas de salud. En México no existe una estrategia nacional integral para el abordaje del climaterio. La información accesible y basada en evidencia es escasa. La mayoría de las campañas de salud se enfocan en el embarazo, el parto o la prevención del cáncer, pero no en el acompañamiento de la mujer en menopausia ni de la prevención de enfermedad cardiovascular, que es la causa número uno de muerte de la mujer a nivel mundial. </p>
<p>Hablar de menopausia es hablar de justicia reproductiva, de derecho a la información, de salud integral con enfoque de género. Las mujeres tienen derecho a saber que hay opciones: que la terapia hormonal es segura y efectiva en la mayoría de los casos, que el deseo sexual no desaparece con la vida reproductiva, que los cambios emocionales no nos hacen el sexo débil y que pueden vivir esta etapa con dignidad, placer y plenitud. Pero necesitamos un cambio: dejar de pensar en la menopausia como el final de algo y empezar a verla como lo que es, la etapa de la vida de la mujer en la que estaremos al menos un tercio de nuestras vidas.</p>
<p>Como ginecóloga especialista en climaterio, y como mujer, creo firmemente que es tiempo de romper el silencio. Así como lo hago con mis pacientes en el consultorio día a día, empoderándolas con información basada en evidencia científica y empatía, convirtiéndolas en “embajadoras de la terapia hormonal”, haciendo día a día nuestra propia revolución juntas y educando a las siguientes generaciones para que vivan todas sus etapas de la manera más inteligente, saludable y en armonía. Se trata de transformar esta narrativa médica, académica y cultural sobre la menopausia. De formar profesionales con sensibilidad, empatía y conocimientos actualizados. Y, sobre todo, de sumar esfuerzos para que el Estado y la sociedad garanticen una salud integral para todas las mujeres, en todas las etapas de la vida. </p>
<p>Porque cuando el cuerpo cambia y nadie habla de ello, no sólo se silencia los síntomas. Se silencian las historias. </p>
]]></content:encoded>
<author></author>
</item>
<item>
<guid>https://lacaderadeeva.com/voces/desigualdad-salarial-de-genero-y-trabajo-no-remunerado-en-mexico/16428</guid>
<pubDate>03/21/2026 11:57:00 a. m.</pubDate>
<title>Mujeres en M&#233;xico y superexplotaci&#243;n del trabajo</title>
<description>Las mujeres en M&#233;xico enfrentan jornadas laborales desafiantes y desigualdad salarial significativa&#46;</description>
<content:encoded><![CDATA[<div><img src="https://blob.lacaderadeeva.com/images/2026/03/21/sobreeplotacion-2485b0cd-focus-0-0-1280-720.webp" alt="Mujeres en México y superexplotación del trabajo" title="Mujeres en México y superexplotación del trabajo"></div><p>En México el trabajo no remunerado representa el 51% del tiempo total de trabajo dedicado a actividades productivas y el 26.3% del PIB total. Los hombres aportan a esta cifra con el 33.2% en contraste con las mujeres que aportan con el 66.8%. Lo anterior refleja un patrón estructural en el cual el trabajo productivo, referente a cuidados y del hogar recae principalmente en las mujeres, quienes aportan con no menos del 71.5% del PIB total, en efecto, con 6 billones anuales a la economía nacional. En este sentido, el trabajo no remunerado es crucial para comprender bajo qué mecanismos se da la superexplotación del trabajo y la reproducción social de la fuerza de trabajo en beneficio de la acumulación capitalista en México.</p>

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<p>Ilustración 1. La triple opresión y explotación de las mujeres en México</p>
<strong>La superexplotación del trabajo</strong></font></h2>
<p>La superexplotación del trabajo es un concepto producido en la década de los sesenta por Ruy Mauro Marini, uno de los fundadores de la teoría marxista de la dependencia, el cual sirvió para comprender la especificidad bajo la que se presenta la transferencia de valor entre países periféricos y dependientes, particularmente de América Latina como México, Brasil, Argentina, Bolivia y Chile, con modelos de industrialización incipientes y dedicados a la producción de materias primas y algunos bienes durables, hacia los centros hegemónicos, con industrias desarrolladas como Estados Unidos y países europeos, dedicados a la producción de bienes de capital. Dicho concepto se refiere particularmente a como se produce la explotación del trabajo en contextos en los que el desarrollo está condicionado y subordinado al desarrollo y acumulación de valor en las economías imperialistas. De acuerdo con Marini la superexplotación se presenta en tres modalidades: prolongación de la jornada de trabajo, aumento de la intensidad del trabajo y reducción del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo. Veamos cómo se expresan estas modalidades en México.</p>
<strong>Primera modalidad: Prolongación de la jornada de trabajo</strong></font></h2>
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<p>En México las mujeres presentan una doble o hasta triple jornada de trabajo. Pese a la recién aprobada reforma de 40 horas, en la que se disminuye gradualmente la jornada laboral de 48 a 40 horas hasta el 2030, en México, de acuerdo con cifras del INEGI, de 24.3 millones de mujeres ocupadas, el 55.9% labora en el sector informal, las cuales se encuentran sin contrato, sin seguridad social, sin prestaciones de ley y a menudo sin registro fiscal. Por otro lado, un 9.4% esta exclusivamente como trabajadoras no remuneradas, una proporción de más del doble del de los hombres (4.5%). Esto indica que 1 de cada 10 mujeres trabajadoras no reciben salario, ya sea por trabajar en negocios y actividades agrícolas familiares.</p>
<p>Las mujeres insertas económicamente con trabajos remunerados, la mayoría informales y precarizados, se enfrentan además al trabajo no remunerado en el hogar, produciendo, por ende, una doble jornada y hasta triple jornada para las que también realizan labores de cuidados. Al respecto, se estima que, en México, en promedio, 7 de cada 10 mujeres realizan los cuidados de manera general; 9 de cada 10 cuidan a infantes y 6 de cada 10 a una persona con discapacidad. Es así como, a nivel nacional, el 56.3% de las mujeres trabajadoras participa en el mercado laboral y además como cuidadoras, frente a un 93.9% de los hombres cuidadores, según datos de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Boletín N°02, 2024). </p>
<strong>Segunda modalidad: Aumento de la intensidad del trabajo</strong></font></h2>
<p>La segunda modalidad de la que nos habla Marini implica el incremento en el ritmo del trabajo, lo que permite mayor apropiación de plusvalía dentro de una jornada y, por ende, mayor desgaste físico y psicológico. Tomando en cuenta datos del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP, 2025) las mujeres dedican alrededor de 40.9 horas semanales a tareas no remuneradas (hogar y cuidados) y si sumamos la jornada de trabajo de más de 40 horas semanales, en la mayoría de los casos, tenemos que las mujeres presentan cargas de trabajo de alrededor de 80 horas semanales entre el trabajo remunerado y no remunerado. Lo anterior se expresa en un ritmo e intensidad del trabajo acelerado, impactando en un mayor desgaste físico y psicológico, lo que promueve altos niveles de estrés e impactos en su salud a corto, mediano y largo plazo.</p>
<strong>Tercera modalidad: Reducción del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo</strong></font></h2>
<p>Una tercera modalidad de la superexplotación es el pago del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo. Esto se traduce en que por el mismo salario se produce más en una jornada extensa o en la misma jornada, pero con una intensidad y ritmos acelerados, llevando a la trabajadora a situaciones en las que el salario es insuficiente, obligándola a tener que buscar más de un trabajo o en la mayoría de los casos, a aguantar condiciones de trabajo pauperizadas. Esta situación es crucial, ya que, de acuerdo con el Observatorio Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY, 2025), los hombres perciben un 25% más que las mujeres realizando el mismo trabajo y esta brecha se extiende hasta el 45% en mujeres con menor escolaridad. Lo anterior, refleja desigualdades muy significativas llevando a las mujeres a empleos precarizados, limitando las oportunidades de movilidad social y reproduciendo condiciones de opresión y explotación laboral. </p>
<p>A días recientes del 8M, día internacional de las mujeres (originalmente día internacional de las mujeres trabajadoras, promovido por Clara Zetkin en la II Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en 1919), es indispensable visibilizar las contradicciones que expresa el capital en sus diversas dimensiones. Esto, para identificar que las condiciones de superexplotación en México se expresan de forma asimétrica, siendo las mujeres trabajadoras (remuneradas y no remuneradas) un actor sobre el que recae la reproducción social de la fuerza de trabajo y acumulación en el capitalismo. Por ello, es indispensable reconocer la necesidad de profundizar las políticas de cuidados en el país (guarderías, lavanderías comunitarias, comedores comunitarios, programas, etc.) en las que haya una redistribución de responsabilidades entre hombre, mujeres y el Estado mismo, primando en el acceso al tiempo libre y condiciones laborales dignas.</p>

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<p>Ilustración 2. Marcha del 8M 2026, contingente feminista socialista de Rosas Rojas, integrado por mujeres trabajadoras y estudiantes del Grupo de Acción Revolucionaria. </p>
<p>En este sentido, la socialización del trabajo no remunerado, como una de las demandas históricas del movimiento de mujeres sigue siendo vigente, generando relaciones sociales que primen la producción planificada y la distribución acorde a las necesidades de cada cual y no del capital. Es así como, una política de cuidados puede ser insuficiente sin la transformación del modelo de acumulación capitalista que atraviesa biopolíticamente la vida de las mujeres trabajadoras en México, lo que implica poner en el centro de la agenda del Estado los derechos del conjunto de las mujeres trabajadoras como prioridad, sin concesiones al capital y a la burguesía nacional. Para ello, el movimiento independiente de mujeres será crucial para la conquista de estas demandas.</p>]]></content:encoded>
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