México ha iniciado una etapa de transición hacia la aceptación del fracking para extraer gas o petróleo en nombre de la “soberanía energética”. Aunque la administración de Andrés Manuel López Obrador la rechazaba, la actual busca intensificar el uso del fracking para aumentar la producción nacional de gas natural.
De acuerdo con información proporcionada por la presidenta, Claudia Sheinbaum, durante la conferencia matutina, esta sería una medida necesaria pues actualmente el 75% del gas que se importa al país proviene de los Estados Unidos, por lo que se espera que PEMEX comience con la extracción del recurso mediante esta técnica a partir del 2027.
Sin embargo, esta visión ha sido enérgicamente rechazada por activistas y organizaciones que se oponen a la técnica derivado de sus consecuencias en los ecosistemas y a nivel social, pero también hay que analizarlo desde el impacto diferenciado de género. En entrevista con La Cadera de Eva, Alejandra Jiménez Ramírez, integrante de la Alianza Mexicana contra el Fracking y coordinadora general de la organización Corazón, Defensa del Territorio, explica lo que debes saber para entender sus implicaciones.

¿Qué es el fracking?
De acuerdo con la Alianza Mexicana contra el Fracking, el fracking o fractura hidráulica es una técnica de extracción de gas y petróleo que se realiza principalmente en yacimientos no convencionales. Lo que se busca es extraer los combustibles fósiles atrapados en los poros de formaciones rocosas poco permeables, conocidas como lutitas bituminosas situadas en el subsuelo.
Como explica Alejandra Jiménez Ramírez, a diferencia de los yacimientos convencionales donde los hidrocarburos han migrado hacia la superficie y se encuentran atrapados en “bolsas”, en los no convencionales el gas y el petróleo están atrapados en pequeñas cápsulas dentro de las llamadas lutitas o roca shale.
¿En qué consiste el procedimiento?
Para extraer los combustibles mediante la técnica del fracking se realizan pozos de forma vertical que alcanzan entre tres y cinco kilómetros de profundidad. Una vez alcanzada la profundidad deseada, se realizan perforaciones horizontales que pueden extenderse hasta tres kilómetros adicionales para maximizar la cobertura del yacimiento.
Pero esto no es todo; para liberar los hidrocarburos, se inyecta una mezcla de agua, arena y sustancias tóxicas a presiones extremadamente altas. Esta presión es la que fractura la roca y permite que el gas y el petróleo se liberen para su extracción.
¿Cuáles son sus consecuencias en el ecosistema?
Los daños al medio ambiente son profundos y, en muchos casos, irreversibles. Tal vez el más conocido es la contaminación y agotamiento del agua del territorio pues por cada pozo se utilizan más de 29 millones de litros de agua. Esta cantidad no solo es exagerada, sino que, después del proceso, ya no puede reintegrarse al ciclo natural, por lo que se le considera “agua muerta”.
Por un lado, esto incrementa la sequía en las regiones afectadas, pero también produce daños al suelo y a los mantos freáticos. “Existen riesgos de derrames en las albercas donde se depositan los químicos o filtraciones por fallas en el cementado de los ductos, lo que contamina directamente la tierra y los acuíferos”, señala Jiménez.

Así mismo, la liberación de gas metano y la evaporación de sustancias tóxicas contribuyen significativamente al calentamiento global y al cambio climático, por lo que el fracking es una amenaza directa y duradera para la vida en la tierra, los ecosistemas y las especies locales.
Un ejemplo específico es el riesgo de perder el cultivo endémico de la vainilla en la región de Papantla debido a la falta de agua y los cambios atmosféricos. “Es un cultivo que está totalmente en riesgo de perderse tanto por la cantidad de agua que se ocupa para fracking como por los impactos que genera en la atmósfera”.
Según datos del informe Fracturando el campo: impactos potenciales del fracking en la agricultura y Sembrando Vida, el 51% de la producción de vainilla a nivel nacional está en riesgo por consecuencia del fracking.
¿Cuáles son sus consecuencias sociales?
El fracking genera una serie de desequilibrios que afectan directamente a la salud, la economía y la seguridad de las comunidades. Como explica Jiménez en entrevista, algunas de las consecuencias más graves y menos conocidas son los impactos en la salud de las personas trabajadoras, el desplazamiento y disputas territoriales, además de las burbujas económicas y riesgos de criminalidad.
En el caso de las personas obreras, se exponen a aproximadamente entre 700 y 900 sustancias tóxicas, muchas de ellas cancerígenas o mutagénicas. Además, la manipulación de la arena inyectada, si ingresa al sistema respiratorio, puede causar enfermedades pulmonares irreversibles como la silicosis.
Estos procesos de ocupación han generado conflictos sociales graves, entre ellos el desplazamiento forzado de ciertas poblaciones. Para Jiménez, un ejemplo de ello es el caso de Argentina, donde la implementación de la técnica del fracking en 2013, en la zona de Vaca Muerta, ha provocado múltiples conflictos y desplazamientos de los pueblos mapuche que habitaban esos territorios.
A esto se suma que, aunque el fracking crea empleos al inicio, estos suelen durar de dos a tres años, lo que significa que tras este periodo, el tejido social cambia, y muchas veces de manera permanente.
¿El fracking tiene repercusiones diferenciadas por género?
Cuando se habla de fracking en la narrativa hegemónica se suelen omitir las consecuencias diferenciadas por género, y es que, aunque aparentemente sea un conflicto sociopolítico y ecológico, se omiten las repercusiones directas en las vidas de las mujeres.
De acuerdo con el informe Impactos del fracking en las vidas de las mujeres, el fracking tiene múltiples consecuencias directas en sus vidas, como impactos en la salud, en la carga de cuidados y trabajos no remunerados, y en la desigualdad territorial.
Las mujeres suelen pasar más tiempo dentro de las comunidades afectadas, lo que aumenta su exposición a la inhalación constante de gases tóxicos, derivando, en parte, en enfermedades respiratorias, pero también en riesgos de la salud reproductiva, pues la exposición a sustancias químicas como el tolueno puede provocar abortos espontáneos, mientras que otros compuestos actúan como disruptores endocrinos vinculados al cáncer de mama. Esto sumado a que, de acuerdo con el informe, del total de mujeres que viven en las localidades afectadas, el 26% no están afiliadas a ninguna institución de salud pública.

Según la investigación, se han documentado riesgos de partos prematuros y enfermedades genéticas o retrasos en el desarrollo de los embriones debido a la toxicidad del proceso. Además, existe un vínculo documentado entre el desarrollo del fracking y el aumento de las infecciones de transmisión sexual (ITS) en las regiones afectadas.
Fracking, acentuador del trabajo no remunerado
El fracking consume entre 9 y 29 millones de litros de agua por pozo en zonas donde muchas mujeres carecen de acceso a agua potable. Esto obliga a las mujeres a dedicar más tiempo y esfuerzo físico a cubrir la falta de este recurso, incrementando sus cargas domésticas.
Como las mujeres tradicionalmente asumen el cuidado de los enfermos, su trabajo no remunerado aumenta significativamente al tener que atender a familiares afectados por la contaminación de la industria.
“El fracking es una técnica profundamente patriarcal, asociada al patriarcado, pero las mujeres han dejado de ser víctimas para convertirse en luchadoras, defensoras de sus territorios y protagonistas de sus propios procesos de defensa”.
En el ámbito rural, las mujeres trabajan un promedio de 48 horas semanales, mientras que los hombres registran 19 horas; esta brecha se agrava con las demandas adicionales que impone el fracking, en un contexto en el que solo el 28% de la tierra parcelada está en manos de las mujeres, por lo que su participación política en la toma de decisiones suele ser baja, representando solo el 6% de las presidencias en comisariados ejidales.
¡No al fracking! ¡Ni aquí ni allá!
Para unirte a la causa contra el fracking, Alejandra Jiménez Ramírez propone diversas acciones concretas que van desde la movilización digital hasta la discusión democrática en espacios cotidianos. Estas son las opciones:
Firmar la petición ciudadana dirigida a la Presidencia de la República y al Poder Legislativo para exigir la prohibición total de esta práctica en México: visitar el sitio web nofrackingmexico.mx o el enlace en su perfil de redes sociales para acceder a una petición.
Participar en actividades y manifestaciones: la Alianza Mexicana contra el Fracking realizará actividades en la Ciudad de México y en los estados potencialmente afectados, como Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí, Veracruz y Puebla. ¡Mantente pendiente de sus redes sociales!
Abrir el debate en espacios cotidianos: es necesario discutir estos temas desde la cotidianidad para que el tema deje de ser visto como algo técnico o académico. En la familia, escuelas, trabajos y amistades.
Cuestionar el modelo energético: unirse a la causa también implica reflexionar sobre cuánta energía necesitamos realmente y para qué.
Reconocer el liderazgo comunitario: hablar del fracking también implica hablar desde la interseccionalidad, por lo que es necesario reconocer el papel de resistencia de las mujeres cuyos territorios han sido afectados
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Por ello, si deseas conocer más sobre los impactos y efectos del fracking en sus múltiples dimensiones, puedes acceder al sitio web de la Alianza Mexicana Contra el Fracking y unirte a la causa.
¿Conocías los impactos del fracking en la vida de las mujeres? Te leemos.

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