Nuestra cultura y nuestra propia existencia son simbólicas, siempre estamos tratando de interpretarnos. En los símbolos encontramos la certeza para movernos en una realidad “concreta”, pero también un refugio que nos permite buscar, interpretar y cuestionar qué somos. Hay libertad en sabernos indefinidos, en no conformarnos con el límite ¿pero hay algo más?

Esta pregunta y la metáfora de “algo más” (como un Dios) resuelve la imposibilidad material del motivo de nuestra existencia. Esta metáfora ha cambiado según las necesidades de la época, ya no abordamos la discusión ateo/creyentes/agnósticos; hoy podemos hablar de una nueva espiritualidad o una nueva manera de ejercer la metáfora de un Dios para justificar nuestra existencia, en la que aparecen tradiciones ancestrales mixturadas con arquetipos, deidades, rituales, magia, lo esotérico, la naturaleza, el poder de la intuición, etc.

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¿Qué es la espiritualidad?

Angie Simonis en su artículo “La Diosa Feminista. El Movimiento de Espiritualidad de las Mujeres Durante la Segunda Ola” nos explica que la espiritualidad es lo que nos conduce a cuestionarnos sobre el sentido y propósito de la vida misma, sin que esté limitada a ningún tipo de creencias o prácticas específicas. 

La espiritualidad busca vincular y unificar la existencia humana con el universo, apunta hacia el respeto, amor, aceptar la diferencia para ejercer el poder desde el igualitarismo, sin intenciones de controlar la voluntad, libertad y existencia del otro, implica el compromiso de cuidar de la existencia del otro porque forma parte de tu propia existencia, de la naturaleza y del universo; a diferencia de la religiosidad que pretende controlar bajo la premisa de un poder masculino superior, controlador del todo.

En la espiritualidad no necesitamos cumplir con el dogma que la religión necesita que cumplamos.

En la espiritualidad de manera individual vamos reinventando nuestra propia existencia (la espiritualidad vincula lo personal, un gran ejemplo es la ritualización de nuestro ciclo menstrual), en esencia, no se trata de excluir y/o censurar lo masculino de lo femenino, se trata de aceptar la diferencia entre ambas energías y ejercerlas como una. Aquí el gran poder que tiene contra el patriarcado separar la espiritualidad de la religiosidad porque, como nos dice Angie Simonis, de esta manera es posible ejercer el poder sin diferencias de identidad de género.

¿Por qué conectar con la espiritualidad es un acto revolucionario?

Se sabe que la religión se ha apropiado y distorsionado la espiritualidad para dominarnos. La religión se encargó de patricalizar la espiritualidad.  A través de las religiones, el sistema patriarcal ha ejercido violencia simbólica enfocada en la destrucción de los símbolos de poder femenino y lo natural. Esto ha sido una estrategia de dominación para la subordinación social de la diversidad, en especial de las mujeres, porque vincularnos con los arquetipos de la Diosa implica tener mecanismos de autoconocimiento y, consecuentemente, fuentes de poder para nosotras.

Angie Simonis también expone que ejercer una espiritualidad presidida por los arquetipos de la Diosa protagonizó varios movimientos espirituales del siglo XX, como la Wicca (enfocada en recuperar las creencias precristianas y el camino espiritual del alma y la naturaleza para alcanzar la transformación personal).

El deseo de ejercer de otra manera nuestra espiritualidad empezó en la Segunda Ola del movimiento feminista, pero actualmente esta inclinación es más notable, pues nos encontramos en la tendencia de encontrar una nueva forma de practicar nuestras creencias, enfocándonos en un autoconocimiento instintivo, que al abogar por la transformación individual también aboga por la transformación colectiva.

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Andrienne Rich aborda que en el sistema patriarcal el poder es dominación, pero en la sociedad prepatriarcal las mujeres ejercían el poder como medio de transformación y que la verdadera revolución será el poder de la transformación.

Carol Christ  y Judith Plaskow explican que así como la religión patriarcal introdujo en nuestra psique lo masculino como poder supremo también  recuperar la simbología femenina es afirmar el poder femenino en nuestra psique.  

Entonces, hablar de ejercer nuestra espiritualidad, investigar y conectar con los arquetipos de la Diosa y tradiciones ancestrales significa hablar de la recuperación y ejercicio del poder como movimiento de transformación individual y colectivo.

En realidad no importa tanto encontrar una validación científica sobre la existencia de la intuición y el poder de nuestra psique, o como la nombra Clarissa Pinkona en su libro “Mujeres que corren con lobos”: la mujer salvaje.  Ella nos dice que:

“La gente podría pedir una demostración o una prueba de su existencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de la existencia de la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también somos la prueba. Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la existencia de la Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad. Nosotras somos la prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es paralela a la suya. Las experiencias que nosotras tenemos de ella, dentro y fuera, son las pruebas”.

Alejarnos de la religiosidad, cuestionarnos si nuestras prácticas son andocentristas, acercarnos a esas prácticas ancestrales que pueden existir en nuestras generaciones familiares, en nuestra comunidad, con nuestros amigues, reconectar con arquetipos que giren en torno a la feminidad, así como unir la energía masculina y femenina, nos permitirá liberarnos de la dominación simbólica que existe en nuestra psique.

Reconocernos como brujas encierra un sistema de valores y simbología del poder de las mujeres, estamos creando una nueva manera de vincularnos, de ejercer el poder individual y, por lo tanto, colectivo, por eso es un acto revolucionario.