¿Cuántas veces hemos fantaseado con algún tipo de personaje mujer que haga justicia por su propia mano y aniquile, por ejemplo, a los feminicidas o violadores, uno por uno? Un personaje, no sé, tipo “La Vengadora”. ¿Cuántas veces nos ha cruzado por la cabeza hacer algo prohibido, cuando nos agreden o lastiman, o hacen un daño profundo?

El enojo, el odio, el rencor, son naturales, y en muchos casos no sólo son válidos sino hasta justificados. Pero nos han educado para pensar que no, que está mal, que quien se enoja, tiene rencor u odio, o un pensamiento agresivo, es que no piensa, no razona, o no es inteligente. Que nomás es la víscera, y como si la víscera no recibiera al igual que todo el resto del cuerpo, señales y reacciones del cerebro.

¿Cuántas veces nos hemos refugiado en personajes que sí “se atreven hacer cosas”? ¿Cuántas veces eso que vemos en pantalla, o escuchamos en la música, o leemos en cuentos o novelas, se convierten en esta fantasía mental de ser allí nosotras haciendo pagar a quien nos ha enfermado, enloquecido, agredido, herido, lastimado, o le ha quitado la vida a las demás mujeres amigas, compañeras, a nuestro alrededor y en nuestra sociedad?

Me atrevo a decir que muchas. Que tantas veces. Que todas hemos guardado por algún rincón, en el corazón o en la mente, otra que no somos, pero que nos gustaría ser al menos una vez en esta perra vida.

Pero tenemos feminismo, y también feminismo terf, y ambos coinciden en algo, como si fuera un mandamiento católico: las mujeres no somos malas, somos buenas, incapaces de algo. Casi unos seres de luz, que no podríamos generar violencia o cobrar venganza, porque no somos “iguales que ellos”.

La mala víctima

La filósofa argentina Leonor Silvestri acuñó el término de “La mala víctima”, que no es la típica víctima que sólo llora o se adolece por lo que pasó o le hicieron, y en ese sentido se revictimiza, esperando solamente que el mundo la salve, la cuide, la proteja, y le haga alguna vez justicia, o algo parecido a ello. La mala víctima es la que acciona desde su agencia e iniciativa, con la rabia, el dolor o la herida, y busca su propia reparación, en sus modos y términos, porque se lo merece, así de fácil, y porque es su derecho a pedir cuentas o autodefenderse.

La metáfora de Jenni Rivera, como la mujer oruga que sale del capullo y se convierte en aquella mariposa libre, hermosa y de colores, viene a mi mente ahora mientras escribo; que somos oruga no una ni dos veces en la vida, sino muchas ocasiones, las que necesitemos, volvemos al capullo y salimos a veces en mariposa de colores, y hermosa, y otras una mariposa oscura, fea, y aterradora. Pero siempre mariposas.

¿Cuántas veces vimos a Jenni Rivera devolver el golpe a un hombre, gritarles en la cara la mierda que son por lo que hacen? Muchas. Ahí hacíamos catársis. Había una mujer grande y fuerte, atrevida y envalentonada, dispuesta a abrirse paso entre un mundo de hombres.

En su biografía, al haber crecido en una familia de hijos varones, y haber sido la única mujer, Jenni Rivera perdió el miedo y aprendió a soltar, pero a soltar fregazos. Y ser parrandera y atrevida. A no callarse, y no dejarse de nadie. Así la metáfora no sólo es la de una mariposa sino además la de una mala víctima.

Imagen

En el feminismo nos dicen que “ninguna agresión sin respuesta”, pero se queda en el discurso, porque somos el meme aquel que dice: ¿qué te impide ser tú? Y la respuesta es: la policía y las leyes. Hay memes que son literalmente reales en el chiste de mal gusto y burlón, que es la vida.

También ese feminismo considera que cuando un hombre hiere emocionalmente, o le rompe el corazón a una mujer, eso no es agresión, sino ella es la culpable, para qué no escogió bien, para qué no se deconstruyó y es una romántica que busca amor. Entonces ahí no hay agresión, y es un pedo personal de ella, que tendrá que buscar repararse ese corazón y la salud mental, en terapia, o teniendo “amor propio”, o haciendo discursos, o buscando una influencer para ser su fan, o buscar una coach de vida que vibre alto.

Y por supuesto, jamás volver a repetirlo o caer de nuevo, porque que qué tonta si lo hace, aquí el margen de error es sólo una vez, y con esa tienes que aprender y ya no tener una segunda y menos tercera vez. Porque serás juzgada de no ser una verdadera feminista por el tribunal violeta que cada vez crece más por distintos lugares.

En el feminismo nos dicen que “nuestra venganza es ser felices”, y no que nuestra venganza es ser vengadas, porque qué oso ser violenta, no es cool tener vibras de coraje o rencor.

¿No estamos cansadas ya de esto?

Al menos yo, ya no quiero ser la buena, ya no quiero ser la que se lama las heridas como loba herida, por allá lejos y sola, y la que sane su corazón o su cuerpo, o su mente, echa bola en cama, con sus propias uñas o como pueda, porque hablar de herramientas o recursos, en este mundo que todo vende, es una falta de acceso, hasta para estar bien y no tener mermas de salud psicoemocional. Toda la vida, y repito, al menos yo, sólo he dado el corazón y el amor, no sólo hablando de parejas sexoafectivas, sino también de familia, amistades, compañeros, compañeras, y sólo me han roto el alma o me han enfermado la mente y el cuerpo.

Ya no quiero ser la buena, y quiero hoy abrazar el monstruo que también soy, quiero tomar la mano fuertemente de mi parte oscura, y aceptar que eso también soy, así sin culpa, me lo merezco ante un mundo que me ha roto de mil maneras tantas veces, ya me cansé de ser la buena, ya no quiero terapia, quiero venganza. Porque me lo merezco por deuda y por derecho.