Las poblaciones rurales son aquellas que tienen una población menor de 2,500 habitantes, de acuerdo con el INEGI. A nivel mundial, las mujeres rurales, quienes habitan en este tipo de localidades, conforman una cuarta parte de la población. En México, el 16.2% de los hogares encabezados por una mujer, se ubica en una zona rural.

Las mujeres rurales representan el 21.1% de las mujeres mexicanas. Sin embargo, las desigualdades entre zonas rurales y urbanas van más allá del número de habitantes, y perjudican sobre todo a las mujeres. A continuación, exponemos algunos datos del Instituto Nacional de las Mujeres que muestran las dificultades que enfrentan las mujeres rurales:

  • El promedio de años cursados en escuela es de 10.2 para las mujeres en zonas urbanas (secundaria concluida), pero para las mujeres rurales se reduce a 7.3, es decir, hasta el primer año de secundaria.
  • Las mujeres en zonas urbanas tienen un promedio de hijas e hijos de 1.9; mientras que el las mujeres rurales es de 2.7.
  • El 3.1% de las mujeres de poblaciones urbanas es hablante de lenguas indígenas, en comparación con el 17.7% de las mujeres rurales. La marginación es más profunda en el caso de las mujeres rurales indígenas, quienes tradicionalmente se encargan de labores como acarrear agua y leña para preparación de los alimentos. 
  • El 45.2% de las mujeres que habitan en zonas urbanas participan en actividades económicas, a diferencia del 31.6% de las mujeres rurales de 15 años y más; además, el 13.6% no recibe un pago por su actividad y 5 de cada 10 no recibe prestaciones. 
  • El 21.1% de mujeres que habitan en localidades rurales, se dedican a la agricultura, ganadería, silvicultura, caza o pesca. 
  • En 893 municipios donde el 80% de la poblacio´n es rural, se encontró que más de la mitad (54.5%) tenía un nivel de marginación alto o muy alto. Esto quiere decir que no cuentan con bienes o servicios, como agua y electricidad, o estos son limitados. Además, presentan menor oferta de trabajos, servicios me´dicos, educativos y de trasporte.

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Foto: Cuartoscuro

Para complejizar en los datos anteriores, te invitamos a leer: Ser mujer y tener piel oscura: dos condicionantes que limitan oportunidades

Ellas trabajan la tierra, pero ésta no les pertenece

La imagen de las mujeres rurales ha estado vinculada al trabajo de la tierra y el cuidado de la naturaleza, a pesar de que son ellas quienes más desigualdades enfrentan en la toma decisiones. El Instituto Nacional de las Mujeres señala que ellas carecen de seguridad en las propiedades de sus tierras, esto les genera dificultades para obtener apoyos del Estado y participar en proyectos.

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Foto: Cuartoscuro

Sin embargo, las mujeres rurales son las responsables de producir el 50% de los alimentos de todo el mundo. Su labor contribuye a la seguridad alimentaria, según la La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura FAO. 

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Foto: Cuartoscuro

De acuerdo con Proyecto Periplo, se estima que alrededor de 2.5 millones de personas trabajan en la industria agrícola en México, y de ellas 17 de cada 100 son mujeres. En el caso de las trabajadoras agrícolas que migran a Estados Unidos, la cifra asciende a 32 de cada 100, a pesar de que sólo el 3% de las visas temporales para estos trabajos son otorgadas a mujeres, de acuerdo con Periplo.

Periplo es un proyecto que busca contribuir a la creación de un sistema de migración laboral más equitativo en la industria agrícola en México, donde la diáspora se da de los estados del sur a los del norte; pero también se considera el contexto entre México y Estados Unidos. En ambos países, las y los trabajadores agrícolas migrantes, enfrentan discriminación en el reclutamiento, falta de salarios dignos y prestaciones, así como abusos y malos tratos.

Las mujeres en específico, se enfrentan a abusos y violencias de género, a la par de hacerse cargo de las tareas de cuidado en sus hogares. Con la finalidad de visibilizar estas violencias y desigualdades, Periplo creó la campaña #EllasHablan, donde diversas jornaleras comparten sus experiencias.

“La paga depende de lo que uno corta. Si cortas 2 cajas, eso es lo que te pagan. Una caja grande de 36 libras viene costando 12 pesos (…). Yo y mis hermanas, con lo poco que aprendimos del español, ya no dejamos que nos maltraten (…) Nosotros planeamos, junto con otras comunidades de Guerrero, exigir un salario mínimo de $300 pesos al día por jornalero, pero para ellos es demasiado, cuando a nosotros apenas nos alcanza para comer. Nos dicen que ¿por qué tanto?”, señala Rocío Ramírez, jornalera migrante de Ayotzinapa, Guerrero, a Sinaloa.

Te invitamos a conocer más testimonios y contribuir a la campaña, visita: proyectoperiplo.org